En enero de 1967, Brian May fue al Savoy Theatre a ver a The Who y se encontró con que el telonero era un músico prácticamente desconocido recién llegado de Estados Unidos: Jimi Hendrix. Lejos de ser un show más, lo que vio esa noche cambió su forma de entender lo que un artista podía hacer arriba de un escenario.
En una entrevista con la revista Guitar Player en 1983, el guitarrista de Queen recordó: “Cuando lo vi por primera vez abriendo para The Who en el Savoy Theatre de Londres, me dejó completamente perplejo. Pensé: ‘Es él’. The Who no podía seguirle el ritmo en esos días, y eran una banda muy importante en Inglaterra. Cualquiera en el mundo tendría dificultades para seguir a Hendrix”.

Una admiración que iba más allá de la técnica
La admiración no era solo por la técnica de su colega. Lo que impactó a May fue la fluidez, la imprevisibilidad y la forma en que Hendrix convertía cada show en algo que nadie podía anticipar: tocar la guitarra con los dientes, detrás de la cabeza, encender el instrumento en escena; todo formaba parte de una presencia escénica que, para la por entonces futura leyenda de las seis cuerdas británica, ponía a cualquier otro artista automáticamente en segundo lugar.
Años más tarde, cuando Queen ya llenaba estadios y Freddie Mercury manejaba a las multitudes como pocos en la historia del rock, May seguía midiendo las actuaciones en vivo con esa misma vara. Reconocía que lo que Mercury hacía arriba de un escenario era extraordinario, pero en el fondo sabía que había visto algo que difícilmente volvería a repetirse: “[Hendrix] es el modelo de lo que uno quiere ser como rockero. Lo hace por la pura alegría de hacerlo”.









