Foto: Osvaldo Vera

Algunas veces cuando te leo pienso en una frase de Cerati que dice «No hay nada mejor que estar en casa»
Bueno, lo primero es que me sorprende, que esa sea una premisa que se desprenda del libro porque cuando pensamos en casa, sobre todo las mujeres, pensamos en trabajo doméstico, sobre todo las madres. Pero como la escritura que me sale es el resultado de una vida de persona adulta, en ella median otros trabajos: el de la autosuperación, el de las terapias, el de las lecturas. La escritura canaliza estos trayectos y el camino iría por el lado de encontrar plenitud en lo que tenemos, en lo que nos toca para también luego alterar un poco los órdenes establecidos de eso que nos toca. Pienso en Mona Chollet y su reflexión sobre los interiores, en la privacidad como reflejo del mundo exterior y también como potencial canal de intervención en él. Podemos tener en cuenta, a modo de ejemplo, que la casa es un espacio de crianza y formación de las próximas generaciones y ni hablar del foco que hace el feminismo en los trabajos de cuidado como núcleos centrales de la lucha política a través del reclamo de salario para estas tareas menospreciadas e invisibilizadas a lo largo de la historia, relegadas exclusivamente a la mujer, bajo figuras idealizantes. Eso que cuenta Chollet, Virginia Woolf llamaba «el ángel del hogar» fantasma a quien tuvo que matar para poder escribir y ejercer su profesión de periodista.
Así que cuando digo que me sorprende es porque lo primero que noto en esta voz femenina de los poemas es el deseo de cambiar las cosas y algún que otro malestar o padecimiento sobre las implicancias de lo que se llama *la segunda jornada laboral* pero es verdad que hay en este caos, en esta selva, como en la poesía, una libertad también que es la del ocio como contrapartida de las exigencias diarias básicas necesarias para la subsistencia. Escribir es re-escribir (la historia, las reglas) y como jefa de un hogar monomarental, el domus sería mi famoso «cuarto propio», volviendo a Woolf. En definitiva, me hago cargo, por supuesto, revalorizo el estar en casa, quiero cuidar plantas, a mis hijes, mi refugio.

¿En qué momento nace Selva Ociosa? ¿Hay un algún poema con el que empezaste a pensar el libro, o una imagen o es la continuidad natural de tus trabajos anteriores?
Creo que se arma a partir de la serie sobre las plantas, en verdad, si me pongo a hacer memoria, caigo en que el plan inicial tenía que ver con desarrollar cierta contemplación de la naturaleza, en la medida de lo que permite la vida en CABA. Las escapadas de fin de semana, las vacaciones, los paseos hacia zonas retiradas de la ciudad. Y también creo que es la continuación natural de la línea temporal que se desarrolla en libros anteriores, más introspectivos y específicamente urbanos, quizá.

Quisiera que comentes sobre la división del libro en tres partes: Mitad agua Mitad sol/ Bolsa Brota/ Calor y se refracta
Creo que todo el libro versa más o menos sobre las mismas cosas que comportan una vida, pero es verdad que las divisiones ayudan a asumir una especie de orden. En ese caso diría que en «Mitad agua Mitad sol» se hace referencia a alguna búsqueda de equilibrio en las formas o tareas de cuidar y aparecen los compromisos, la vida cotidiana, las tecnologías, del yo, del amor, de la vida familiar.
En «Bolsa Brota» quería representar un semillero y que los poemas referidos a las plantas, al pequeño jardín, a los paisajes, funcionen como unidades potenciales para pensar más allá, quizá como manera de contemplación que no se agota en sí misma. Que la poesía que brota funcione como puesta a activarse o germinar.
En «Calor y se refracta» pienso en la luz tibia del sol disparando rayos y dibujos a veces claros, iluminadores o deformantes, enceguecedores. La imagen es la de un jardín de invierno. Y las fuerzas de libra, otra vez, omnipresentes, guiando la hiedra para que no se queme. En esta parte la temática se vuelca sobre las relaciones con el entorno, humano, material, la labor de la consciencia y de las urgencias tanto diarias como coyunturales o de época.

Al inicio de Captcha (Vox, 2015) escribiste:
«Nadie saca de su bolsillo la ruina como si nada»
Sobre el final de Selva Ociosa (Caleta Olivia, 2018) decís:
«Yo era disfrutera, ahora no sé cómo
detener un simple reloj de arena»
El mismo desborde cotidiano, y en algún sentido el mismo caos.
¿Qué cambió para vos entre un libro y otro?
Es buena la relación porque a primera vista leo y creo que hablan de cosas diferentes las citas pero luego veo que es justo decir que para ambos «problemas», la respuesta es la misma: la escritura como medio de reparación y salvación. La escritura como medio para fines parecidos.
Y eso resulta en la existencia de ambos libros. ¿Qué cambió para mí de uno a otro? En Captcha hay un universo de redescubrimiento, de necesidad de resurgir. Una suerte de camino de poner palabras al mundo nuevo, a erigir alguna construcción luego de la catástrofe, a volver a empezar. A dejar de adolescer.
En Selva Ociosa creo que hay un pesar de vida adulta, esa mochila que rompe espaldas. Un detenerse a contemplar para soportar y comprender. Y hacer con lo que se tiene lo mejor que se pueda. Tomar fuerzas y seguir camino.

«mil años pasaron y me gustás
porque casi todas las razones
de tu ser son económicas
a mí tampoco me gusta el pan
del que no puedo comprar»

Parece que la poesía -en general- no tiene problema con llegar a fin de mes. Me gustaría que me recomiendes algún libro , verso o poema que refute esto que digo. Por otra parte, ¿cómo es construir un poema cuando la crisis arrasa con todo?
Cuando empecé a leer poesía argentina contemporánea, aquella que fue escrita a mediado de los 90, los 2000, las referencias espacio-temporales estuvieron siempre muy pegadas a la coyuntura sociopolítica que la determinaba y creo que es lo primero que me fascinó, lo que me hizo entrar. Cierta poesía de tendencia «materialista» incluso, como se la llamó también. Y además escrita en mi misma lengua materna, la lengua de mi país, cotidiana y reconocible, la lengua de la vida ordinaria, plagada de registros. La poesía no tiene problemas económicos, claro, pero los absorbe, los tematiza, los expone.
No se me ocurre un poema pero «Poesía y Finanzas» es lo primero que se me vino a la cabeza con tu pregunta. Fue una serie de entregas que hizo Marina Mariasch en el blog de Eterna Cadencia, en la que acompañaba una pequeña introducción a la publicación de un poema. Y en una cita a Heiddeger cuando atribuye a Holderlin la frase «entre nosotros todo se concentra sobre lo espiritual, nos hemos vuelto pobres para llegar a ser ricos» refuncionalizando así la antinomia riqueza/ pobreza de la que se ha apropiado la economía política. La poesía puede que trabaje para ese orden también, a veces, altera bienes y ganancias desde capitales simbólicos.

¿Próximos proyectos?
Bueno ahora que lo pienso, voy a permitirme confirmar que me gustaría salir un rato del verso, volver un poco a la prosa, pasear otros géneros. No tengo un libro craneado todavía pero borradores para trabajar sí. Voy a ver qué sale.
Y respecto de libros- proyectos, estamos trabajando unas traducciones con las chicas de Máquina de Lavar (sobre poesía del movimiento feminista de la tercera ola) y unos poemas propios que ojalá vean pronto la luz.

¿Una canción y un disco para recomendar?
Una canción que me gustó últimamente es «Daga» de Nathy Peluso, también «Alabame«. Esa fuerza latina que tiene ella, la poesía y los paisajes que usa o crea, no solo topográficos sino también discursivos. Un mundo muy rico, necesitaba esa potencia. Así que recomendaría su disco La Sandunguera.