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20/01/2022

Flavio Etcheto: Músicos y amigos eligen las canciones favoritas de su carrera

Loló Gasparini, DJs Pareja, Pablo Schanton y más celebran la obra del artista pionero de la música electrónica argentina.

Desde sus comienzos, la música electrónica se ocupó de desestabilizar la relación jerárquica del rock y su culto a los frontmans. Sus más grandes exponentes no siempre estuvieron al frente de las luces del escenario; muchos de ellos operaron desde las sombras, prefiriendo utilizar diferentes alias para aprovechar la libertad creativa que otorga la anonimidad, o esconderse detrás del tablero de productor para que un artista pop se lleve el crédito. No llama la atención entonces que, ante la triste noticia del fallecimiento de Flavio Etcheto, la mayoría de los medios y seguidores del artista argentino haya acudido a su rol como colaborador para repasar su legado. Y es que su aporte como compositor, músico y productor en los más célebres discos de Gustavo Cerati y Daniel Melero sirvieron de experiencia para todos los proyectos que comandó durante y después: Ocio, Roken, Resonantes, Isla de los Estados y Trineo, para nombrar algunos. Autor de un curioso y vanguardista repertorio, Flavio recorrió la electrónica experimental, el pop de pista y la música ambient con una firme curiosidad dispuesta a borrar los límites entre géneros y empujar la música argentina hacia el futuro.

Para homenajearlo desde Indie Hoy, invitamos a distintos músicos, amigos y cercanos a elegir un disco, canción o presentación favorita de la carrera de Flavio y compartir una reflexión, recuerdo o lo que sea que les dispare.

Pablo Schanton

La Algodonera de La Algodonera (1988)

Immer ist es Welt und niemals Nirgends ohne Nicht: “Siempre es mundo/ y nunca ningún lugar sin no”. Busqué el verso original porque siempre me impresionó que R. M. Rilke describiera así la atopía (el “no-lugar”) que según él comparten los muertos, los ángeles, los animales, los infantes y, sobre todo, aquellos muertos antes de nacer. Ese “nunca ningún lugar sin no” (algunos traducen “sin nada”) al que alude en su octava Elegía de Duino solo puede concebirse negativamente, muy negativamente (o mediante la ambigüedad de llamarlo “lo abierto”). Está claro que esta dimensión tiempo-espacio donde yo tipeo y usted lee no es, pero ¿cómo es entonces? Sería “no-esto” y ya, hasta aquí llegan las palabras.

Conforme se sucedieron las muertes de Rosario, Gabo y Palo, el anonadamiento lo enfrenta a uno ante el “haber sido una vez” de cada une de elles, quienes pasan a formar parte de ese infinito “no-esto”. Leer y oír lo que se dice sobre personas que uno conoció de otro modo es una tortura, no ayuda más que a la conformación de una matrix en proceso para la post verdad, esa realidad paralela en la que todo parece desembocar. Mitos, idealizaciones, sublimaciones, proyecciones, todo sumado a fake oldies y la metástasis de meta data imparable que replica Wikipedia. Mejor no leer ni oír. Cuando se mueren personas cercanas, que para más pertenecen a la misma generación, la intemperie y la orfandad de los que quedamos en este mundo recuerdan el fin de un código en común y de un menú de fetiches culturales que se sienten perdidos para siempre. Me consta que Rosario tenía sus Rilkes en la biblioteca (Losada, CEAL, EFECE Editor), que Palo pasó por ahí, que Gabo lo tenía leído.

Sentís de pronto que hay referentes de época, lunfardos, experiencias históricas que se irán con nosotros. Como cuando ya se fueron padres y hermanos y no te queda nadie con quien recordar una Navidad inolvidable o las vacaciones aquéllas. Olvidate del “¿Te acordás?”. Para peor, todo aquello que no se digitalice o suba a la WWW., pasará al estado de “no pasó”. Por eso, ante cada muerte, opté por replegarme en una mudez que al menos estaba a la altura de lo que no podía escribir por inercia melanco. Pero en el caso de Flavio Etcheto, una convergencia sonora no tan casual me alentó a compartir una experiencia. Pasó que volví a escuchar su casete debut, La Algodonera (Catálogo Incierto, 1988), y me llevó directo al “He Loved Him Madly“, un réquiem ambient (Eno ama el tema) a Duke Ellington, con el cual Miles Davis eligió abrir estratégicamente su álbum Get Up With It (1974).

Por estos días, me encuentro mimetizándome emocionalmente con esas dos piezas, sumergido en un duelo limbo como estoy (pandemia alrededor, ola de calor afuera: claustrofobia y embotamiento). Como sucede con la elegía difusa con que Davis busca conjurar la ausencia de Ellington, la energía difusa se pierde ahí entre la voluntad de expresar un dolor y la imposibilidad de hacerlo. Para el crítico Greg Tate (1957-2021), más que estar de luto por Duke, la pieza de Davis parece sufrir por querer unirse a él en lo que quede después de la vida, digamos, ese “no-esto” al que nos venimos refiriendo.

A todo esto, Tate define la obra como “aural sarcophagus”. De pronto, la metáfora me resulta completamente aplicable al audio cavernoso que fue propio de nuestra importación del post punk gótico. Basta escuchar dos hitos, el debut de El Corte (1986) –grabado en un depósito de Obras Sanitarias–, o Noches agitadas en el cementerio (1987) de Todos Tus Muertos –registro live en el Parakultural–, para comprobarlo. Ese underground porteño de los ochenta se definía como resaca de la Primavera Democrática, como inercia del poptimismo, como resistencia: lo dark (una etiqueta tan argentina como “lo siniestro” para los españoles) no se limitaba a recepcionar sonido y look de JD/Siouxsie/Cure/Bauhaus; en su fórmula se suma un color (o una falta de color, más bien) local, lo que llamaremos el “Black Sábato”. Opuestos al modelo de mega disco inaugurado por New York City, espacios como Cemento, el Parakultural y otros no temían parecer sótanos sórdidos, mientras que la estética de la fotocopia regía en fanzines (o revistas como Cerdos y Peces), tapas de casetes y flyers. Epítome: la Organización Negra, por supuesto. Por un lado, regía un rock oficial, montado en el mercado mainstream a todo color (ATC, el boom Badía), con el fin de construir una nueva realidad post-Dictadura. Y por otro, uno “under”, menos televisible, que multiplicaba Alicias de tapados, crestas y borcegos, dispuestas a cruzar el espejo para revelar otra realidad: el lado salvaje de Lou Reed que bautizó a una banda de zona sur, el “other side” sobre el que cantaba TTM a partir de The Doors. Uno de las objetivos ideológicos de esa escena fue deconstruir el catolicismo, transgredir la moralidad cristiana, todo lo contrario de la generación anterior, influida por Jesus Christ Superstar, y que había ganado popularidad por musicalizar La Biblia para fogones de boy scouts.

Ah ¿a qué viene esta alusión al audio de sarcófago?

A más de tres décadas de haber escuchado por primera vez el track “I” de La Algodonera, admito que me produjo un estupor que no había sentido en 1989. Me pregunto qué nos pasaba a los de mi generación de rockeros under (demasiado jóvenes para ser desaparecidos, soldados de Malvinas o primeras víctimas del SIDA) que nos resultaba “natural” que algo sonara tan sofocado de reverb, ultraprocesado y desacelerado al punto de perder de vista las fuentes sonoras. Música dada vuelta como un guante. Ese tipo de sonoridad (un “borroneo” llamaba a este tipo de nubosa confusión Daniel Melero) era muy significativa, nada que ver con una “decó”. Algo del eclipse del HI FI que implicaba había sido habilitado por un disco que acá pegó mucho, el Psychocandy (85) de Jesus & Mary Chain, colección de canciones pop todas interferidas por una lluvia de feedback (la influencia fue directa en Corrosivos y Juana La Loca). Acá existía una obsesión con la cámara, como si fuera un instrumento, un timbre, una textura más, queda claro; incluso Melero lo conceptualiza con el título de su segundo álbum solista y todo. Justamente, para el proyecto Algodonera, Etcheto había convocado a Melero, el director artístico del sello de casetes Catálogo Incierto, que aportó emulaciones y muestras de sonido; al stickista Ricky Sáenz Paz (luego de Los 7 Delfines), a Hernán Darwin Reyna (El Corte) como guitarrista, y al ex Encargado Hugo Foigelman para el piano. Tal como la tapa lo anuncia, el instrumento fetiche será la trompeta y estará a cargo del autor, el mismo Flavio. Efectivamente, cada vez estamos más cerca de Miles Davis.

Foto: Azul Daffunchio

“Elegí ir por el camino de la abstracción”, contaba Etcheto cuando trataba de explicar por qué no quería devenir un músico “completo” según el modelo Aznar/Vitale que instituyó Nuestro Rock (“Estoy en la vereda de enfrente de Tweety”, también repetía sobre su colaboración como instrumentista en Soda Stereo). Pero además se refería a cómo soslayó el derrotero hacia el que su padre, músico profesional de tango, había orientado a sus hijos (Etcheto se ganaba la vida a fines de los ochenta tocando en un restorán griego de CABA). En contraste, la apertura de La Algodonera es de lo más antimusical. Una inmersión en el “flujo sonoro” a ver qué pasa, en vez de una ratificación de patrones aprendidos. Cuando el sello colombiano Jesús Records reeditó el casete hará cinco años, cedió a la tentación de enumerar los “géneros” que abarca, citando el krautrock y el post industrial, cosas de las que aquí se conocía poco entonces.

El lado A cierra con dos piezas eternas: en “II” un croar siniestro, aturdido, nacarado (de tan sobreagudo y alto en el mix), trama red para pescar solos dispersos de trompeta (la red es el otro ícono de tapa). Cuando escuches ese croar a cuerda –híbrido malimba/kalimba– te va a quedar tatuado en los oídos: hipnotiza. En tanto que “III” equivaldría a un breve canon de trompetas montadas, un tipo de collage cubista que amaría Carl Stone.

El lado B es el que más denuncia el influjo de un fetiche de época: los tres primeros álbumes solistas de David Sylvian. Más afín a Jon Hassell que a Davis, incluso más emparentada con las exhalaciones fantasma que relampaguean en el Sextet (82) de A Certain Ratio, de este lado del casete, la trompeta sigue sin pasar al frente. Impresiona cómo las frases se hunden hechas sopa en la mezcla, hasta formar espejismos de maullidos a lo lejos. Todas las dosis de jazz que podía aceptar aquel under (al que el punk le había enseñado a odiar el jazz rock) son agotadas aquí.

El último tema moldea mejor una base de funk cubista, incluso Reyna juega a ser un rato Pete Cosey, dejando atrás la sombra de Daniel Ash. Bueno, un Miles Davis en versión miniatura y pintado en acuarela. En todos los casos, el instrumento de viento no ejerce su rol de “yo” erigido sobre la orquestación que lo sostiene; al contrario, se autoboicotea y se escabulle en favor de que se levanten las bases (en “V”, las ranas de “II” se tornan mecánicas como si fueran máquinas desincronizadas en una relojería, así como los rulos anuncian una batería que nunca llega).

El monólogo felino que murmura algo para sí no presenta tregua. Al final de su vida y obra, Flavio lo llamará “sibilancias”.

Tanto Sáenz Paz como Etcheto formaban parte de la banda con que Melero presentó en vivo Conga y preparó Cámara. Para la canción techno pop “Habitantes” (Melero nunca soportó a New Order, así que siempre le creí que no conociera “This Time of Night“), Flavio da un paso al frente con su trompeta, al contrario de lo que sucedió en su disco donde jugó a las escondidas. Lo pueden ver en un videoclip orientado a la tele comercial de entonces que figura en YouTube. Melero explota teatralmente la típica performance del trompetista encargado del solo en la balada. A los 0:58 segundos irrumpe el primer fraseo y lo seguimos a Flavio hasta el close up: parece un bebé con chupete. Esto dicho con toda la ternura del caso: su imagen de calvo y lampiño lo condenó a una apariencia de niñez eterna. Amén de una voz tan asordinada como su trompeta, nada en su rostro aportaba al emoticón correcto, porque no había pestañas ni cejas para redondear el mood a expresar. Un tintineo de gestos, como si fuera un tartamudeo facial que afectaba el alero sobre los ojos, iba pixelando cada enojo, cada duda, cada sorpresa. Con el tiempo, la ausencia de pestañas sobrepuso pliegos a sus párpados, hasta que los ojos parecían ombligos de un ojal y sentías que esas pupilas veían de vos lo que vos no verías jamás.

Flavio era capaz de descular la ingeniería de cualquier música, sobre todo si se trataba de techno. Por eso, nunca imitaba chasis de géneros. No voy a referirme aquí al modo en que moldeó un tipo de balada techno en español antes que muchos, lo cual queda probado en una canción tan bien inspirada en el cancionero del trío de Pet Shop Boys con Liza Minnelli como “Esos gestos” (canta Lalila, entonces corista de El Corazón de Tito y Melero). Fue lo que desarrolló tendiendo a la perfección con Isla de los Estados (junto a Loló Gasparini) hasta hace poco. También se dio el lujo de experimentar usando samples vocales en vez de cantante bajo el alias Flavius E. (Conjunción, 2005).

Por más que pueda contarles cómo sacudió las pistas la irrupción de Ladera (Trineo) finalizando los noventa, prefiero volver al Flavio más extremo, el del embozo, la entropía y el exceso de reverb que inauguró La Algodonera.

Si Melero logró que Etcheto actuara (incluso en un sentido actoral) como músico, a Gustavo Cerati lo ayudó a salir de la musicalidad a la que estaba habituado. Oigan “Inicio” (Medida universal, 1999) de Ocio: nunca antes (ni después), el Soda naufragó así en una albufera sonora, donde se encuentran suspendidas pautas como melodía, ritmo, armonía y demás… Hasta ahí lo llevó Flavio: lo hizo cruzar el espejo de la música hacia lo real sonoro. Después vendrán otras piezas de Ocio, con gravidez de percusión no siempre dance, pero nunca más lejos de lo conquistado por los experimentos de Autechre, Mouse on Mars, Aphex Twin y demás referentes de entonces.

Ese “other side” Etcheto lo termina de explorar cuando sospecha que tiene los días contados a causa de su enfermedad terminal. Su último álbum, Súperbrillantes (2018), lo documenta. Conjugando dos EPs ofrecidos por separado en Spotify –Tríptico (2017) y Súperbrillantes (2018)–, el tono general de desconcierto y dub-itación lo impone una canción clave, la entrópica “Meditera“. Perdón, cedí al impulso de googlear la palabra y di con el nombre de una empresa farmaceútica, multinacional repartida entre Turquía y México, que se dedica a fabricar circuitos para terapias intensivas, anestesias y drogas oncológicas. El clima remite a una alucinación hipnagógica, al entrar a –o al volver de– una anestesia. La canción se desarmaría sino fuera por un ritmo que sostiene los hilvanes de gravidez como puede y un reverb que protege con su concavidad. “Si todo recrudece/ también lo hago yo”, se oye allá entre las nubosidades variables donde se pierden nociones de tiempo (meses incontables, instantes que chocan) y espacio (“A mí me importa adónde ir”). La sensación de haber tocado fondo, el Rock Bottom de Robert Wyatt, una reescritura del dream pop al filo de la inconsciencia. Hablando en términos más contemporáneos, “Meditera” se halla suspensa entre el impulso pop de Ariel Pink y la inercia dub de un Dean Blunt, en estado de paciente/objeto (“He entregado mi nombre y mi ropa cotidiana a las enfermeras/ Ah, y no sabés hasta qué punto resulta liberador”, como lo escribía Sylvia Plath). Otra vez la cámara (y aquí es también un cuarto, el del internado) esculpe un espacio psicoacústico adonde entrar y quedarse.

“Oleaje inmenso/ espuma de nubes en mí”, rezará extático en otro estribillo de Súperbrillantes, adjetivo que menta una manta de grandes estrellas con que la vida nos cubre en medio de la noche. Una maternal y abovedada vía láctea. El reverb representa aquí un sentimiento oceánico de intensidad y plenitud para aquél que se lanza y grita “Allá voy, destino”. Incluso la última canción de Flavio subida a Spotify, una de Isla de los Estados titulada “Cuando la llama“, acuna la voz de Loló adentro de una crisálida de reverb tibio. No recuerdo otras expresiones musicales, por lo menos de Argentina, que produzcan semejante estado insular de estupefacción en el oyente, grabadas tan cerca de la muerte por el cantautor, a excepción del último David Bowie, claro.

Retomo a Rilke para cerrar. En consonancia con “He Loved Him Madly”, canciones como “Meditera”, “Oleaje inmenso” y “Sibilancias” anuncian lo extraño de no habitar más la tierra, de no seguir deseando los deseos y de abandonar el nombre propio como un juguete roto. Desde este final, reverbera aquel inicio con La Algodonera: siempre se había tratado de abrir un espacio sonoro adonde internarse a respirar el silencio. “Nunca ya me iré del todo”, se oye ahora, y también “Yo ya estoy muy lejos de esto”. ¿Se acuerdan? El “no-Esto”. Desde allí nos llega la voz de Flavio esta vez.

Pablo Schanton es crítico de arte, compositor y artista sonoro. Durante los noventa, junto a Alejandro Ros y Diana Ruibal, creó el sello Frágil Discos y el colectivo artístico Agencia de viajes junto a Ros. Ha escrito para diversos medios como Rolling Stone, Revista Viva, Otra Parte y La Agenda, entre otros, y es actual editor en el diario Clarín.  

Leo García

“Respuesta” de Resonantes, Resonantes (1994)

Esa canción de Resonantes es la canción que más nostalgia me trae de los hermosos noventas. Un tiempo después, Flavio sería mi compañero en la grabación y gira de Bocanada de Gustavo Cerati. Fueron momentos perfectos.

Leo García es músico, productor, compositor y artista sonoro. Además de su exitosa carrera solista, formó los grupos Rascacielos y Avant Press, y trabajó en la producción de los discos Bocanada (1999) +bien (2001) de Gustavo Cerati junto a Flavio Etcheto.

Pablo Reche

“Claras a nieve” de Trineo, Trineo (1999)

Siempre disfruté de la música de Flavio, me parecía que tenía un extraordinario sentido del ritmo y el detalle. Lo vi en vivo muchísimas veces, desde la primera formación de Resonantes hasta su posterior carrera solista. Tengo muy presente la presentación que hicieron en El Dorado cuando editaron Simultáneo, y luego también sus primeras presentaciones solistas como Trineo en lugares como Oval, y acercarme a consultarle por las máquinas que tenía en el set. Tuve luego la suerte de compartir algunas fechas con él durante los años siguientes. Podría elegir compartir muchos temas de sus distintas etapas, voy con “Claras a nieve” del primer disco de Trineo.

Pablo Reche es artista sonoro y productor musical. Su extensa discografía incluye más de cuarenta obras en solitario y en colaboración con Alan Courtis e Ismael Pinkler; su más reciente se titula El más allá (2020).

Carolina Stegmayer

“Ladera” de Trineo, Trineo (1999)

Los primeros recuerdos que tengo de Flavio son de los shows de Bocanada en el Gran Rex en el 99. Tenía un amigo del secundario que vendía merchandising en los shows, entonces me consiguió pasar gratis y lo vi varias veces sino todas. Me acuerdo de su silueta recortada en el escenario inundado de luces que con cada tema cambiaban de color. Su figura increíble de otro planeta, la intriga que me daba lo que tocaba y su voz dulce y profunda. Inmediatamente después descubrí sus proyectos Ocio y Trineo, que en plena pandemia y más de 20 años después junto a Ismael reeditamos en nuestro sello Amplio Espectro.

Después tuve la suerte de conocerlo y es todo un tesoro haber compartido su forma de ver y pensar el mundo, sus sentimientos siempre únicos, su hermosa familia, su música tan de verdad. Ismael tocaba en las presentaciones de Isla de los Estados y eran recitales para flotar en el sonido y en un sonido espacial. Más adelante grabamos un show de IDLE en nuestro catálogo de música en vivo En la terraza. El recital fue en la casa de Loló y fue una tarde ultra power. Todo lo que tocaba Flavio se teñía de un color especial, nuevo, único, y estar con él daba la sensación de descubrir cosas por primera vez, aunque uno se las hubiera cruzado ya mil veces. Las canciones en ese paisaje (una puesta de sol que no me olvido más) parecían nuevas otra vez y salieron las estrellas. Los últimos años lo visitamos en Mardel cada vez que pudimos y siempre estaba en una, copado en alguna nueva. Haciendo muebles, libros, ilustraciones, más música, siempre amoroso y divertido, y siempre lo más.

Carolina Stegmayer es actriz, guionista, música y DJ. Formó parte del dúo Carisma con Ismael Pinkler; además ambos fundaron el sello Amplio Espectro y reeditaron el disco debut de Trineo en 2020.

Dante

Ocio en Buenos Aliens (18 de agosto de 1999)

Faltaba poco para la llegada del 2000 y en el ambiente había un nuevo sonido que llamaba la atención de los más inquietos: era la música electrónica, que día a día ganaba más adeptos. Paralelamente, en el mundo comenzaba a tener cada vez más presencia algo llamado Internet. En ese contexto surge Buenos Aliens, que solíamos definir como “el sitio web destinado a la última avanzada cultural del milenio”.

Gustavo Cerati comenzaba su carrera solista, y acababa de terminar su primer álbum. Con Flavio Etcheto, uno de sus mayores colaboradores en el mismo, emprenden Ocio, un proyecto destinado a la investigación sonora lejos de las luces de los escenarios del rock y más cerca del underground techno.

Fue a mediados de 1999 cuando el dúo se presentó en una de nuestras transmisiones en vivo, citas virtuales que se transformaron en un pequeño rito entre los seguidores de esta nueva movida. Como era de esperar, fue la noche con mayor audiencia hasta ese momento, muy recordada, de la que rescatamos siempre la buena disposición que tuvo Gustavo, y la siempre buena onda de Flavio (quien ya nos había visitado con su proyecto solista Trineo unos meses antes).

Juan Pablo Dantonio es gestor cultural. En 1998, junto a Johan Gregor, creó el espacio Buenos Aliens dedicado a la difusión y el fomento de la escena electrónica argentina.

Entidad Animada

Ocio en la discoteca Octopus de Ensenada Baja California, México (6 de octubre de 2000)

Mi primer acercamiento con la obra de Flavio Etcheto sucedió en el 2005 durante mis primeras salidas musicales. Me llamó la atención un sticker con la tapa de su entonces reciente disco Conjunción que recogí de algún stand del Festival Buen Día o del Ciclo Nuevo, y que estuvo pegado en el cajón de la mesita de luz de mi habitación durante años. Tiempo después llegué a Ocio y por ende al resto de la obra de Flavio, y obviamente al disco cuya tapa conocía de memoria. A principios del 2020 me fanaticé con el disco homónimo de Trineo y con Insular de Ocio, que junto a 7 de Pommerenck, fueron el norte en la creación de mi disco Aplanando la curva, que salió poco después. Elegí este video de Flavio y Gustavo dando cátedra y pasándola bomba una noche en un boliche de México. Meten un set buenísimo e incluyen algunos temas de +bien. Bonus: Flavio tira data sobre sus equipos y yeites del vivo en algunos comentarios del video.

Marcos Díaz es músico y productor. Además de su proyecto solista bajo el alias Entidad Animada, es integrante de numerosas bandas como Bosques, Medalla Milagrosa y Sué Mon Mont.

Gustavo Lamas

“Sensaciones” de Flavius E., Conjunción (2005)

Lo primero que escuché de Flavio fue su trompeta en “Deleite fatal” y, sobre todo, “Habitantes”, uno de los temas que escuchaba una y otra vez en Conga, el disco de Daniel Melero de 1989 que supe tener en todos los formatos y fue una puerta de entrada para escuchar otras músicas más arriesgadas cuando iba al secundario. Después, recuerdo su trompeta en “Refugio” de Cámara, otro de esos temas de Melero que me siguen poniendo la piel de gallina, y su participación en el emblemático Colores santos. Vi a Resonantes desde sus comienzos y me tocó disfrutarlos en el Obras de Dynamo, cuando Soda Stereo convocó a bandas nuevas para abrir sus shows. Me acuerdo que me gustó mucho esa presentación. Sobresalía “Respuesta”, su tema que se incluyó en el compilado Ruido, era el tema favorito de muchos amigos en esa época y sonaba en cualquier reunión. Sigue siendo un clásico.

Después ya me acuerdo del Flavio más electrónico con su alias Trineo. Él fue uno de los primeros músicos que en las raves se subía a la cabina de los DJs para poner su propia música. Me acuerdo bailarlo en Parque Sarmiento o lugares como Qubic, Oval y la terraza de Proa. Fue una inspiración muy grande para mí que recién arrancaba a hacer música. Desde finales de los noventas nos cruzamos compartiendo fechas, sellos, amigos y siempre fue muy cálido y amable. Sobre todo a mediados de los 2000 cuando ambos editamos discos en Casa del Puente el sello que, de la mano de Pedro Mozcuzza y Cecilia Amenábar, editó gran parte de su discografía.

Elegí su tema “Sensaciones” del disco Conjunción porque me parece que reúne varias de las mejores cualidades de su música. Tiene algo del ritmo tan personal que venía de Trineo, su costado melódico y la manera en que conjuga su voz con la de Loló Gasparini anticipa lo que fue Isla de los Estados, uno de mis proyectos favoritos de él.

La noticia de su partida fue un shock muy grande y una inmensa pena. Compuso música hasta el último momento y hasta nos dejó un EP póstumo con un sonido exquisito. Gracias por la música, Flavius.

Gustavo Lamas es músico, productor y DJ. Además de su extensa carrera como solista, formó parte de los dúos Rascacielos junto a Leo García y Mezcla junto a Ismael Pinkler, además de integrar el colectivo artístico Agencia de viajes.

Loló Gasparini

“Tiene que parar ahí” de Isla de los Estados, Latitud (2007)

Con Flavio nos conocimos a través de Gustavo Cerati tocando en la gira de Siempre es hoy. Ya en el primer viaje hicimos conexión y empezamos a jugar con la idea de formar una banda. Eso sucedió años después de experimentar juntos. En esa época vivíamos cerca, yo caminaba a su casa todas las tardes y nos poníamos a improvisar. Aparecían ideas, pero él tenía muy clara una: nuestra música iba estar sostenida por la melodía de la voz y el ritmo del bajo. Así construimos nuestro sonido, me dijo determinado “es pop, pero va a durar para siempre, no es moda”.

Una de esas tardes llego a su estudio casero (recuerdo todos sus estudios que armaba él meticuloso en cada lugar donde vivía) y me muestra una canción que había hecho. Era una gran melodía que iba cambiando sobre un loop con un bajo hipnótico, relajado y una letra terrible, “tiene que parar ahí”, que yo luego interpreté. Fue la primera canción de Isla de los Estados que de alguna forma nos definió y creo yo fue la más trascendente para la banda.

Flavio fue mi amigo, mi socio y un maestro musical para mí y para muchos. Estaré siempre agradecida por eso.

Loló Gasparini es música, compositora y DJ. Formó parte de la banda de Gustavo Cerati durante la gira de su disco Siempre es hoy. Junto a Flavio Etcheto integró el dúo Isla de los Estados y publicaron los discos Latitud (2007) y Expreso (2014), además de una serie de singles entre 2019 y 2021. En 2014 también formó parte de Entre Ríos y actualmente es parte de la banda Ok Pirámides.

Rudie Martínez

“Tiene que parar ahí” de Isla de los Estados, Latitud (2007)

Conocí la música de Flavio gracias a un cassette de La Forma y quedé fascinado. De ahí seguí toda su carrera, creo tener todo lo que publicó. Un día coincidimos en una “rave” en unos lofts de Barracas. Nos habían dado un rinconcito en el segundo piso. Me dijo: “Si alguien nos encuentra va a estar bueno”. Estallamos de la risa. Él ya era él dentro de la electrónica y yo recién había sacado mi primer álbum y generosamente me propuso hacer un back to back. Me dijo: “Si alguien viene lo atrapamos”. Obviamente, Respuestas de Resonantes es una obra maestra, pero elijo esta que comparte con mi adorada Loló.

Rudie Martínez es músico e integrante de las bandas Adicta y Los Brujos. Formó parte de la producción de Bocanada (1999) de Gustavo Cerati junto a Flavio Etcheto. 

Aldo Benítez

“Aprendizaje” (IDLE remix) de Aldo Benítez, El portafolio sin un peso (2009)

Creo que una de las cosas que siempre me impresionó de la imagen de Flavio fue ese semblante de alien lampiño cuyas emociones no son de lectura simple. Sin embargo, al ingresar al universo de sus composiciones hay pocas canciones que me hayan llegado tan profundo como su spinetteana “Respuesta”, cantada por él mismo y firmada junto a su agrupación Resonantes.

Yendo a mi única colaboración con él, nunca me voy a olvidar de cuando remixaron junto a su hermoso dúo Isla de los Estados una canción de mi primer disco, “Aprendizaje”, con una Loló Gasparini volviendo a cantar repetidamente solo una parte de la letra: “Escribo en un papel todas las preguntas, me las como”, jugando con un sample corto de mi voz, una esquirla loopeada y rearmonizada hasta el infinito: “Je-eh-eh-eh”. Privilegio. Hasta siempre Flavius querido.

Aldo Benítez es músico, productor y artista sonoro. Su discografía incluye tres discos, dos compilados de remixes y una colaboración con Marcelo Fabián. Su más reciente álbum, XIS, fue publicado en marzo de 2020.

Lupe

“Balanceo” de Isla de los Estados, Expreso (2010)

Nunca conocí personalmente a Flavio, pero es un honor para mí compartir unas palabras justamente desde este lugar, el lugar de alguien que escuchó su música y se sintió transformado. Sí le envié un mensaje, hace un tiempo, en el que decía que si necesitaba un mensaje de amor de cualquier tipo, se lo enviaba con la misma energía que su música y sus creaciones nos habían transmitido a todos quienes la hemos escuchado, y nunca olvidamos tanta creación.

Elegiría “Tiene que parar ahí” o “Balanceo” de Isla de los Estados, que justamente es un grupo musical que me abrió la cabeza, fue como descubrir un secreto importante que me ayudaría años después, como un faro, a seguir encontrando cosas de mí y de un espacio sonoro muy particular.

De todos modos, ya cerrando, el año pasado vino un amigo a casa con un pendrive y me dejó algunas pistas (stems) de “Cosas imposibles” de Cerati, que las tenía de la época en que Gustavo las había publicado para que la gente haga remixes. Y ahí encontré unos audios, los que más me gustaron, que se llamaban “flav chord”, “flav noiz”, y el más hermoso de todos, “flav nube”. Me parece una linda forma en la que lo voy a recordar por siempre, alguien que sabía manejar el sonido de las nubes, de lo inaccesible, simplemente por estar atento y sensible, observando y creando música maravillosa, participando de la cultura de formas por momentos visibles y por momentos heroicas, en lo secreto. Amor y agradecimiento infinito.

Lucía Pejuskovic es música y productora musical. En 2020 publicó su primer disco, Un número, y en 2021 colaboró con DJs Pareja para el EP Nuestra forma

Ismael Pinkler

Isla de los Estados en En La Terraza, Buenos Aires (2010)

Hace unas tres semanas llegué a la casa de Flavio en Mar del Plata y 10 minutos después él ya me había puesto sus súper auriculares para mostrarme los temas que estaba haciendo en su iPad. Nos pusimos a hablar de música, de programas, de cosas de nerds de la música como siempre. Estaba a full con una aplicación muy compleja llamada Samplr y acababa de terminar un EP ambient ahí. Le instalé su computadora en el living para seguir escuchando su música y tuvimos cuatro días de convivencia con él y su familia que fueron un regalo enorme lleno de amor, dolor, humor, comida y aprendizaje. Gracias Carolina Stegmayer por acompañarme como siempre y a su familia por habernos dejado estar ahí. Conocí sus músicas siendo muy chico y puedo decir que es una de mis grandes influencias. Luego conocerlo como persona me hizo admirarlo y querer ser más como él, contagiarme de su seguridad, sabiduría y onda. Ocio y Trineo fueron la puerta de entrada pero luego lo descubrí como creador de canciones hermosas y amé toda su música. Todos sus discos son lo más.

Lo conocí un jueves a la tarde a finales del 2004 en la galería Belleza y Felicidad en una fecha compartida organizada por Matías Mascarpone y a las pocas horas ahí mismo nos pusimos a hacer música juntos. Me dio un papelito con su contacto, me contuve unos días para no ser pesado y le escribí. Desde ese entonces compartimos muchas cosas y fui muchas veces a sus casas. Él me ayudó a terminar mi primer disco y me llenó de confianza con su aceptación, ese fue su primer regalo. Y yo por mi parte siempre que pude estuve cerca de él y de su música porque soy su fan.

En el 2010 grabamos una sesión de Isla de los Estados para En La Terraza (en la terraza de Loló) y la tarde nos ofreció todos los naranjas y violetas posibles. Grabaron canciones de sus dos álbumes y un tiempo después el sello Unwork Inc editó en vinilo un simple con dos temas que grabamos ahí en vivo, “Gozo” y “Sueño colectivo”, dos de mis favoritos de la banda.

Ismael Pinkler es músico, productor y DJ. Formó parte del dúo Carisma junto a Carolina Stegmayer, publicó discos junto a Pablo Reche y Gustavo Lamas, y su repertorio como productor incluye trabajos para Ibiza Pareo, DJs Pareja y Ulises Conti, entre otros. En 2020, a través del sello Amplio Espectro, fundado junto a Stegmayer, reeditaron el debut homónimo de Trineo.

DJs Pareja

“Superbrillantes” de Flavio Etcheto, en Superbrillantes (2018)

Tenemos tantos recuerdos, tantas emociones, tantas vivencias, tantas pistas compartidas, tantos momentos lindos vividos con su música que sinceramente no nos sale escribir nada más que esto. También nos pidieron elegir un tema, ¡algo tan difícil, ya que tiene tantos! Nuestros favoritos son el primer disco con Resonantes y el tema “Respuesta”, lo amamos. También los discos de pop perfecto con Isla de los Estados, su alias Trineo con el cual bailamos gran parte de los noventa, la experimentación de La Algodonera, pero vamos a quedarnos con “Superbrillantes” de su último disco solista, todo su ser está ahí. Tuvimos la suerte de estar en la presentación de dicho disco en La Tangente, y mágicamente y de repente encontrarnos llorando abrazados a Loló Gasparini. Fue un momento muy hermoso e inolvidable. Gracias por todo Flavio, por siempre en nuestros corazones.

Mariano Caloso y Diego Irasusta son músicos, productores e integran el dúo DJs Pareja. Han publicado dos discos solistas titulados Versátil? (2004) y Marcha (2009), además de una larga lista de EPs y colaboraciones junto a artistas como Matías Aguayo y Lupe. Se han vuelto un nombre esencial en la escena electrónica argentina, además de haber girado por los principales escenarios del mundo y ser los creadores de la fiesta Fun Fun.