Se hace tarde. La ciudad está congestionada como siempre a las 19 h de cualquier día de la semana bonaerense. Aun más si el cordón de la policía federal corta las calles de acceso directo al Konex. La seguridad preventiva al show es más de la necesaria, los bomberos y ambulancias están por otra cosa.

Adentro los acudientes son de rango etario diverso, andan juntos pero no mezclados. La excepción es el medio del patio, allí se concentra el pulso de la noche. Más atrás, el escalerón en el medio llena sus filas hasta el tope, las sombras llegan hasta el techo.

Suena Indios. Círculos de amigos corean sus canciones mientras oyentes pasivos toman sorbos de birra. El sonido de una guitarra reverberada, acordes abiertos ondulados y rasgueos recortados abunda en el éter. La gente baila ansiosa, los pies calientan el suelo con los coros de la banda. Las voces de los rosarinos armonizan junto el juego de sintetizadores percusivos y el show se desenvuelve con sensualidad. En mayo el conjunto rosarino lanzó su tercer tanto, Besos en la espalda, y las canciones suenan con una calurosa melancolía bailable. Después del último respiro de los vocalistas, la banda se despide y cuerpos atados por las manos corren hacia el escenario. Los aplausos conjuran una presencia extranjera y la ansiedad del show aumenta.

Extranjeros de rasgos anglosajones caminan arriba del escenario, instrumento en mano. La gente chifla y aplaude. The Whitest Boy Alive está en posición. «Is this Buenos Aires? Is this Argentina?» pregunta irónico Erlend Øye. Los fans contestan con gritos de alabanza. El integrante de Kings of Convenience presenta al baterista Sebastián Maschat y una línea de bajo palpita mansa debajo de los pies. Las palmas acompañan.

Foto: Natalia Vidal
Foto: Natalia Vidal

Los oyentes corean cuando llega el riff de guitarra de «Timebomb». Los teclados hechizan el público y un punteo de guitarra guiña la canción que le sigue. El bajo escala una clave más en la línea del coro y engatusa a la guitarra hasta elevarla a «Golden Cage». Luego regresan a la anterior y en ese intercalado de temas Øye se cansa y lo arranca desde el inicio.

La voz del vocalista es la del álbum. Su actitud tiene una agresividad afectuosa. Cada uno de los integrantes está concentrado en hacer del rato uno que despoje la ansiedad. Marcin Oz y Daniel Nentwig se parafrasean sobre el ritmo de Maschat. Los acordes abiertos de «Courage» levantan el ánimo antes de terminar la canción anterior. Las claves del sintetizador se suman como melodía de una fiesta que no anunció su llegada. Terminado el tema, Erlend pide que le apunten más luz. El silencio se llena de alabanzas: Olé, olé, olé, olé, Whitest… Whitest…

Suena «Island», aquella canción que cautivó a todos sus oyentes con el disco Rules, que por cierto ya tiene 10 años. Sus teclados cautivan las gargantas y el medio del patio late entre aplausos y coreos. La batería y el bajo encandila a los tiesos que no bailan. Un respiro y a moverse.

Los aplausos de reconocimiento y chiflidos de gratitud responden. Erlend agradece a los teloneros por su presentación de apertura. Suena otra más de Rules, «Intentions». La canción recuerda a los inicios de aquella ola sonora del under extranjero que inspiró al continente a continuar su legado. La audiencia estira el canto de un coro junto a la banda y aterrizan juntos.

The Whitest Boy Alive tiene un tono cándido, pero sabe que su franqueza se comparte. Es una banda de sonido tosco que aprecia la intimidad de ser aterrizado y en el medio soltar la tensión con baile y delirio controlado. Pide cerrar las cortinas del patio para mayor intimidad; se cierran.

Regresan al primer álbum, suena «Above You». Un sentimiento de relajo se instala entre las interacciones de los presentes. Erlend anima al público al replicarle con vociferaciones aleatorias que se le ocurren en el momento. Bajo y batería no cesan y arrastran a los oyentes a «Burning». La audiencia ruega en coro por el cierre de la canción una vez más y la banda complace. El concierto avanza entre los discos de los berlineses. Ambos consolidan una esfera sonora y una estética solida que le da uniformidad al recital. Luego de tocar el cóver de «Show Me Love» de Robyn, los anglosajones se bajan del escenario.

El encore termina y regresan para dos últimas canciones, primero «Bad Concience» y luego el cierre del show «High on the Heels». La gente sabe que es el final y despega los pies al compás de Nentwig. Erlend se agacha y pide lo mismo al público. Estalla la melodía del tema y Øye se despide: «Thank you, Buenos Aires.» Una marea de aplausos, aullidos y chiflidos glorifican la noche. A la salida del recital, bomberos, ambulancias y carros de policía están por otra cosa. Un edificio de camino a la Avenida Pueyrredón sobre Sarmiento es evacuado. Bomberos salen del edificio manguera en mano. The Whitest Boy Alive ya terminó.

Foto: Natalia Vidal
Foto: Natalia Vidal
Foto: Natalia Vidal

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Foto principal: Natalia Vidal.