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11/06/2021

Crítica de Sweet Tooth: Un dulce caramelo para el fin de los tiempos

La nueva serie de Netflix oscila entre la ternura y la oscuridad en esta curiosa e interesante fábula postapocalíptica protagonizada por dos personajes entrañables.

A diferencia de lo que suele ocurrir, en esta ocasión la nueva sensación de Netflix está felizmente justificada. Basada en el cómic homónimo de Jeff Lemire y apadrinada por Robert Downey Jr. como productor ejecutivo, Sweet Tooth mecha en apenas ocho episodios fantasías distópicas, un relato de iniciación y una suerte de road movie a pata. Subgéneros que de alguna forma la emparentan en espíritu y trama al film Amor y monstruos (Love and monsters, 2020), otro reciente -y merecido- éxito de la plataforma. La premisa de base es la misma: un planeta devastado deja una humanidad menguante pero mucho más peligrosa en su afán de supervivencia y un joven protagonista que necesitará salir de su refugio y exponerse en busca de un amor, ya sea filial, romántico o del tipo que sea.

La vuelta de tuerca de Sweet Tooth es que aquí es ese chico quien escapa de la supuesta amenaza para los demás. Gus (Christian Convery) apenas tiene 10 años y es más dulce que las golosinas que le gusta comer -Sweet Tooth se traduce como "glotón" o "goloso" aunque en un exceso de decoro se subtituló con el menos eficiente "caramelo"- pero como es diferente eso lo convierte en un monstruo como los que acechan a Joel, el protagonista de Amor y monstruos, y por lo tanto hay que eliminarlo.

Gus, con sus cuernos y orejitas de ciervo, es un híbrido: al mismo tiempo en que el mundo colapsa por culpa de un virus letal comienzan a nacer estas criaturas mezcla de humanos y animales. En un principio, se desconoce la relación entre ambos eventos pero, claro, muchos culpan del apocalipsis a estas nuevas e inéditas camadas. Otros, los menos, hacen un mea culpa y aseguran que son los que oxigenarán el planeta sacándolo delante de tanta destrucción humana.

Con buen ritmo y fluidez narrativa, el primer episodio expone brevemente los primeros estragos que produce el virus al empezar a circular –el cómic se publicó entre 2010 y 2013, la serie sin embargo se filmó el año pasado en plena pandemia en el lugar más aislado y seguro posible: Nueva Zelanda- y también nos muestra cómo Gus va cumpliendo años aislado junto a su padre (Will Forte) en un bosque del Parque Nacional Yellowstone de Estados Unidos.

Siempre vivió así, nunca vio otro ser humano y es poca la información que el padre le brinda sobre lo que sucede más allá del alambrado del terreno, el cual tiene prohibido traspasar. Él se muere de ganas, vive bien y tranquilo, fuera de peligro y rodeado de una naturaleza exultante, pero su mundo tan acotado y lleno de reglas lo aburre un poco. Finalmente le llegará la oportunidad para la aventura y el vértigo de salirse de su bunker autosustentable junto a la compañía y protección de Grandote (Nonso Anozie), un exjugador de fútbol americano con un pasado de dudosa moral.

Christian Convery en Sweet Tooth - Foto: Netflix

La serie cuenta con varios puntos a favor. Tiene una gran factura técnica y de producción que se refleja sobre todo en una soberbia cinematografía realzada por los paisajes de la isla -la decisión de filmar en Nueva Zelanda fue sanitaria pero también estética- y cuenta con un guion sólido que transita ágilmente entre líneas temporales y las tramas de otros dos personajes: el doctor Singh (Adeel Akhtar) y Amy (Dania Ramirez), una mujer que decide armar un refugio para híbridos.

Pero sin dudas el mayor acierto de Sweet Tooth es el cast de la dupla protagonista. La calidad actoral y la química que se produce entre Gus y Grandote no se discute, pero la manera en que ponen el cuerpo con tal nivel de expresividad ubica a la serie en otro nivel. Convery como Gus es adorable y se pone al hombro él solito varias escenas sin problemas, pero el gran hallazgo es Anozie, a quien quizás alguien recuerde de la segunda temporada de Game of Thrones como Xano Xhoan Daxos. De origen nigeriano, Anozie, quien también supo encarnar a Sansón, es una mole de dos metros con un rostro delicado, casi femenino que contrasta grotescamente con su figura.

La elección de este actor fue muy inteligente ya que esa dualidad que genera su imagen y su interpretación calza perfectamente con lo que la serie quiso transmitir alternando entre lo tierno y lo sórdido en esta especie de cuento de hadas postapocalíptico. Grandote es una bestia que sabe pelear y se lleva puesto a cualquiera en escenas de acción bien logradas y con cierta dosis de violencia, pero también se encariña con Gus, se quiebra y llora. Y ver llorar a semejante ser no puede ser más que conmovedor.

Stefania LaVie Owen, Christian Convery y Nonso Anozie en Sweet Tooth - Foto: Netflix

Por otro lado, no todo fue acertado y hay algunos problemitas que de todas formas no empañan el resultado final. Un CGI espantoso que, aunque no tenga mucho tiempo en pantalla, debería recibir un poco más de presupuesto o dedicación, y la narración en off en la voz de James Brolin que, en el afán de darle una estructura narrativa de fábula infantil, se pone a filosofar sobre cuestiones existenciales como el tiempo, los recuerdos del pasado y la identidad rozando -y a veces cayendo en- lo cursi y redundante.

Dado el final abierto de esta primera temporada, aunque todavía no hay fecha confirmada, es muy probable que Sweet Tooth tenga una segunda vuelta. Será una oportunidad para mejorar estos desperfectos y para que sigamos acompañando a este dúo impensado a través del fin de los tiempos.

Sweet Tooth está disponible en Netflix.