El estreno de una película de Lucrecia Martel es una alegría para cualquier cinéfilo. La directora salteña pone sus propias reglas y, de este modo, logró convertirse en una de las autoras más relevantes del cine actual a nivel mundial, a pesar de contar con solo cinco películas en su filmografía. Fue en 2017 que entregó su largometraje anterior, Zama, y, desde ese momento, sus fans han estado esperando una nueva película. Luego de 14 años de trabajo, Martel se despachó con Nuestra tierra, su primer largo documental y una película que mereció los casi 10 años de espera. Se trata de un film que toma como puntapié el asesinato de Javier Chocobar en Tucumán, el curso del juicio y las implicancias históricas alrededor del caso. Pero, en realidad, esta película plantea una amplitud político-filosófica que supera el hecho puntual.
Con un recurso recurrente de drones captando la geografía del norte argentino, la directora le otorga un lugar protagónico en esta historia a la tierra, un concepto que se va semantizando como identidad, propiedad, derecho, historia y entidad en sí misma. Así, la película opera como denuncia de la injusticia que reinó durante años alrededor del caso Chocobar, pero este es el escenario para abordar la identidad de los pueblos originarios, los rostros de los habitantes, la conformación de la justicia, la polarización de una nación que desde los colegios se reconoce blanca y conquistada, entre otras capas temáticas que desarrolla el film; pero, principalmente, la importancia pragmática y conceptual de reconocer y poseer la propia tierra.

La intimidad marteliana con los cuerpos está más que presente en este film. El hecho de que haya elegido el registro documental no implica que la salteña haya dejado de lado su sello autoral. Todo lo contrario: la polarización de clases, los entramados familiares y la narración pausada, con una cámara insolente que se entromete entre las personas y los espacios, son clave en este film. Si en La ciénaga, La niña santa y La mujer sin cabeza Martel exploró la desigualdad, la decadencia y la caída de las instituciones desde lo íntimo y lo particular, en Zama y Nuestra tierra se decidió por relatos del orden público y anclados en la Historia.
Nuestra tierra se presenta como la película menos críptica de Martel. Por supuesto que decide ofrecer un documental con elipsis, con prolongadas secuencias que parecen escapar al eje, y esta es la forma en la que sigue proponiendo un cine por fuera de los cánones del mainstream. El amarillismo que podría haber conducido un documental de esta envergadura está ausente en la elegancia de Martel; en cambio, se decide por la exploración de la gente y el espacio, más que por testimonios morbosos o tendenciosos.
Nuestra tierra está disponible en salas de cine.









