La fábrica está encendida, y para Atrás Hay Truenos hace más de veinte años que no se apaga. Vienen haciendo discos con la misma formación desde el principio. Nunca se acomodaron en un nicho, tampoco se rindieron a la novedad permanente que tanto el mainstream como el under empezaron a exigir. La pandemia fue la única vez que pararon, y cuando pudieron retomaron donde habían dejado: tocar, ensayar, salir de gira.

El año pasado publicaron Coire a través de Casa del Puente, su cuarto disco de estudio —quinto, si se cuenta Bronx, las remezclas de Bronce—: ocho canciones compuestas en distintos momentos y atravesadas por una pandemia que, por primera vez, detuvo veinte años de banda en movimiento.

La luminosidad que atraviesa Coire no es la del brillo, ni la de la euforia, ni la de la devoción. Tampoco es esa luz que aparece cuando todo parece estar más o menos bien. Es, en cambio, una luz que alguien sostiene a propósito, contra un afuera que se enfría. La de un mundo más oscuro. Hay algo de oficio en ese gesto, una tarea aprendida con los años: saber que la claridad no surge sola, sino que se construye. La banda trabaja desde ahí, despacio, sin apuro. Coire se sostiene en ese gesto.

Atrás Hay Truenos son cuatro: Roberto Aleandri en voz y guitarra, Ignacio Mases también en guitarra, Héctor Zúñiga en batería y Diego Martínez en bajo, quien además produjo y mezcló el disco. En conversación con Indie Hoy, Aleandri reflexiona sobre Coire, la escritura de las canciones y el extenso recorrido de la banda.

Empleado

El disco tardó en aparecer. ¿Cómo fue construyendo su identidad durante ese proceso?
Ya sabíamos que queríamos un disco con cierto aura de paz y de romanticismo, pero hacia la parte buena del amor. Queríamos que las letras se despegaran un poco del viaje interno de la cabeza del que está escribiendo, que fueran un poco más amplias en ese sentido. Desde lo musical queríamos que fuera lo más simple posible, que los arreglos se dieran la mano uno con el otro y no hubiera tanta superposición de sonido. Esa claridad, tanto desde lo lírico como desde lo sonoro, la quisimos llevar también al nombre del disco. Me crucé con la palabra y su definición leyendo La luz negra, la novela de María Gainza, justo cuando estábamos buscando el nombre. Me pareció hermosa la palabra, y la definición calzaba perfecto con las letras, con todo el concepto. La propuse, no apareció ninguna mejor, y fue aceptada.

Hay una resonancia entre los dos títulos que llama la atención. Bronce era una palabra sobre la fusión, el metal aleado. Ahora Coire, del latín fundirse. ¿Fue un eco pensado?
No había hecho nunca esa asociación, pero totalmente, la voy a empezar a usar. La verdad es que no tenía que ver con el concepto de Bronce ni con la idea, no hubo una intención de continuar. Coire, la palabra, salió casi terminando el disco.

"Empleado" abre el disco con una escena muy concreta, como un relato breve: un trabajador que transita su día. Pero la canción gira, y el trabajo se vuelve una forma de hablar del amor. ¿Cómo se fue armando esa lírica?
Para este disco la premisa desde el principio fue trabajar la canción como relato, como un cuento. Yo llevaba la primera idea y Diego tenía esa idea de trabajar la historia, el concepto de la canción. Son letras atravesadas por algo particular: me enteré que iba a ser padre el mismo día que salió Bronce. Las letras del disco son de ese momento en que mi hijo era muy pequeño, vacunándolo, sin dormir; yo todavía mantenía cierta vida de antes de la paternidad. Es una transición. Las canciones están atravesadas por esta cuestión del amor, pero desde lo positivo. Ser padre me revolucionó, me dio una visión sobre amar y sobre la magnitud de ese amor, conocerlo desde una faceta realmente muy distinta, muy potente.

La frase “hay que trabajar en el amor, nadie nos avisó” tiene algo particular: admite dos lecturas casi opuestas. Puede leerse como un reproche —nadie nos dijo que iba a ser tan cansador— o como un descubrimiento —nadie nos dijo que esto era posible—. ¿Cuál de las dos pesa más?
Esa canción me daba vergüenza cantarla. Me parecía muy explícita, hasta medio naif decir “hay que trabajar en el amor”. Medio religioso, incluso. Pero sí, diste con la clave: tiene esa ambigüedad, es las dos cosas. Es “me enamoré de vos, pero nadie te avisó que mantener eso vivo es un proceso de entrega enorme”. Lo romántico desaparece en un momento y se transforma en una tarea diaria de cada minuto. Y también es hermoso: cuando uno se da cuenta de que ama algo y lo quiere sostener, depende de uno sostenerlo. Esa frase la reescribí varias veces, le agregué partes, le saqué, cambié el significado. Sin embargo, siempre supe que esta frase tenía que quedar. Es la piedra fundacional de la canción.

Las canciones venían de antes, pero el disco se terminó en un momento donde la idea misma del trabajo está en discusión en el país. ¿Pensaron el disco en relación con ese presente, o trataron de mantenerlo al margen?
La otra vez un amigo me decía: “¡esa canción la escribiste por la reforma laboral!”. Las canciones venían de antes, pero cuando estábamos terminando el disco estábamos transitando el cambio de gobierno. Nos dijimos: si pasa todo lo que finalmente pasó, nuestro disco por lo menos va a tener esta luminosidad. Va a ser un disco que habla de otro lado y que en algo batalla contra eso sin nombrarlo. Por suerte lo sacamos ahora, puede llegar a acompañar a alguien que está sintiendo el rigor. Como todos los que estamos sintiendo el rigor.

Señuelo

Hay un verso en "Señuelo" que se queda dando vueltas después de escuchar el disco: “el mundo está loco, no detengas la marcha, ni dejes de bailar”. Tiene algo de declaración de principios. ¿Cómo se dio la canción?
Esa fue la última canción que se compuso para el disco. Cuando teníamos cierta idea de las canciones empezamos una preproducción con Estanislao López, y ahí cayó la pandemia. Se frenó todo. Tuvimos que detener la máquina. Fue la primera vez que la banda se detuvo en sus casi veinte años de existencia. Veníamos viviendo para eso: era todo el año tocar, en vacaciones seguíamos, la mano no descansaba nunca. La pandemia fue un golpe fuerte. "Señuelo" salió después, cuando pudimos retomar. Las primeras sesiones eran por Meet con Diego: yo le tocaba la canción en la guitarra, él me grababa desde su casa, íbamos armando una maqueta a distancia. De ahí viene también la idea de “el mundo está loco, no parar, seguir adelante”.

Las letras del disco están pobladas de objetos concretos: la cama, la heladera, el teléfono, el diván, la plaza, el árbol. Hay una tradición ahí con la que Coire se puede emparentar, pensando por ejemplo en Suárez. ¿Es algo buscado o sale así, sin pensar demasiado?
Sale natural. Una vez me hicieron la observación de que repetía palabras en varias letras. Mis letras me parecen muy poco metafóricas, son imágenes directas, no difíciles de reproducir cuando las escuchás. Me di cuenta hace mucho que escribo así, y me gusta. No pienso que haya una forma correcta de hacerlo, pensar eso es limitar un universo infinito. A veces pienso que me gustaría escribir más abstracto: escucho a Diosque, a Paula Trama, y sus letras me vuelven loco. Me gustaría meterme más en ese lado fantástico. Pero me sale así, y sé que escribo así.

Nombrás a Diosque, que viene de Tucumán, una región con una tradición fantástica muy marcada en su imaginario. La Patagonia no es lo contrario, pero es otra cosa. ¿Hay algo regional en tu modo de escribir?
Los tucumanos están en otra impronta, otra línea. Creo que hay algo regional, sí. La gente acá es dura, somos generales de la resistencia. Crecer con viento te forja de una manera cruda, directa. Tiene que ver todo ese entorno donde crecimos: la meseta y el valle. Nos forja así.

Atrás Hay Truenos
Atrás Hay Truenos. Foto: Charlie Bueno

El sonido de Coire marca una diferencia fuerte con Bronce. En aquel disco había una dupla de productores externos a la banda. Acá produce Diego, que es el bajista. ¿Cómo fue trabajar con un productor que además toca en la banda?
Con Bronce trabajamos con Juan Cruz Palacios y Félix Cristiani los primeros dos años, después continuamos nosotros. Yo estuve muy encima de ese disco, aunque llegó un punto en que la banda ya no creía realmente que fuera a salir; lo terminamos con Diego. Venía agotado de todo eso. Cuando empezaron a aparecer las canciones nuevas, a Diego le parecieron más modernas, más poperas, más cancioneras. Fue justo el momento en que el indie se empezó a transformar en pop. Diego tuvo la idea desde el comienzo: que este disco fuera de canciones, que trabajemos las partes. Estábamos escuchando música más vieja, de los setenta y ochenta. Mucho rock nacional de esa época: Charly García, Virus. Queríamos acercarnos a esas grandes canciones que tienen cuatro partes armónicas distintas, doce acordes, letras de diez párrafos que no se repiten. Una forma de componer que casi no existe ahora. Salvando la distancia, porque no pensamos que estamos a la altura de una canción de Charly. Pero desde nuestras limitaciones, queríamos acercarnos a eso que nos cautivó.

Coire es un disco más desnudo que Romanza o Bronce. La voz queda al frente, sin una pared de feedback o distorsión detrás, y eso pide otra precisión: cualquier arreglo que sobre se nota. ¿Cómo fue ese proceso?
Diego tuvo esa premisa desde el principio. Trabajar la canción desde el día uno: antes de ir a grabarla, reescribirla todo lo que hiciera falta, agregar, sacar. No es fácil. Uno se encuentra como músico, como intérprete, muy al frente, sin la custodia de seis guitarras con armónicos por todos lados. Está ahí claro. Fue un proceso de reencontrarse con uno mismo. Yo estaba encaprichado con no usar afinación en la voz. Se logró en varias canciones, está casi sin proceso, bastante cruda, natural. Como se iban reescribiendo las letras, había que reinterpretar las melodías.

Veinte años de banda y la formación permanece intacta. Son, además, una banda que nació con internet y atravesó todas las etapas que tuvo esa herramienta para hacer circular música. ¿Cómo se sostiene un proyecto así a lo largo del tiempo?
Primero abrimos un Fotolog para comunicarnos. Después teníamos MySpace, nos conectamos por ahí con los chicos de El Mató. Los primeros EPs los subíamos a Megaupload o a alguna plataforma de hosting, y eran descarga directa: te bajabas el zip con la música, fotos, poesías, metíamos todo ahí adentro. Pasamos por mil formatos y caminos distintos. La banda nos abrió puertas en la mente y en la vida a lugares que nadie pensaba que podía llegar alguna vez. Tocar con Stereolab, tocar con Yo La Tengo, tocar con El Mató, ir a Buenos Aires y tocar en un Konex lleno. Cosas que para nosotros, que estábamos acá en Neuquén, eran muy lejanas, pasaban en las películas. Para una banda del interior, ese camino era realmente impensado. Y por eso seguimos hasta el día de hoy sosteniéndolo, porque no dejan de pasarnos cosas. Después de hacer este disco y en todo el proceso, estamos todos encolumnados en que el proyecto dure toda la vida. Tomarnos las cosas con calma. Si hay que parar un tiempo, se para. Nos encantaría que dure lo más posible.

¿Y cómo viene la presentación del disco?
Cuando salió dijimos: vamos a tomarlo con calma. A diferencia de Bronce, que salió el disco y a la semana ya lo tocamos en vivo y fue un estrés enorme, acá nos propusimos lo contrario. Sacarlo y encontrar las versiones en vivo de a poco, más naturales. Este año queremos empezar a tocarlo completo. En mayo lo presentamos y a partir de ahí salir a tocar. Nos gustaría girar por el país y afuera también. Estuvimos en Colombia y fue increíble ver que hay gente que nos escucha y canta las canciones allá.

Atrás Hay Truenos se presentará el viernes 8 de mayo en Ciudad de Gatos (C. 71 1099, La Plata), entradas disponibles a través de Catpass, 50% de descuento con Comunidad Indie Hoy. También el sábado 9 de mayo en Galpón B (Cochabamba 2536, CABA), entradas disponibles a través de Passline, 20% de descuento con Comunidad Indie Hoy. Escuchá Coire en plataformas (Bandcamp, Spotify, Tidal).

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