En una noche largamente esperada por el público local: al fin Stereolab regresó a nuestro país, después de 25 años. Luego de una breve pero legendaria presentación en La Trastienda por comienzos de los 2000, la banda de Lætitia Sadier y Tim Gane volvió a tocar en Buenos Aires como la coronación de una seguidilla de visitas internacionales procuradas por la productora Indie Folks. Eventos que incluyeron, en el marco del festival Music Wins y sus respectivos side-shows, presentaciones de Massive Attack, Yo La Tengo y Primal Scream fueron la captura de una época pasada.
La vigencia cultural de estos artistas está lejos de apelar a la nostalgia. Sin embargo, hay un legado que vive en estos músicxs emblemáticos con carreras que ya rozan los 35 años, cuya trascendencia y nivel performativo los muestra más en la cúspide que en un lento y esperable declinar. Stereolab no fue la excepción: la espera valió (y bailó) la pena.
Quienes tuvieron la oportunidad de abrir una noche prometedora fueron los Atrás Hay Truenos (otra buena alternativa podría haber sido Polgar 3, la nueva banda de Gusti Monsalvo, guitarrista de El Mató). El conjunto neuquino demostró credenciales más que suficientes: un show ajustado que giró en torno al nuevo disco que lanzaron hace algunos meses, Coire. Presencia escénica, contundencia en la ejecución, climas variados que van del rock más espacial y mántrico a los tintes ochentosos del último álbum, reminiscentes de Virus y Los Encargados. La solidez del bajo de Diego Martinez junto al dramatismo expresivo de Roberto Aleandri permiten que las canciones exploren ritmos y paletas sonoras variadas con un mismo cauce común: el de la emoción, que hoy por hoy los encuentra más hedonistas que introspectivos. Show breve, palo y a la bolsa; se los nota en un hábitat natural, con ganas de divertirse y expectantes, como el mismo público, por lo que vendrá.

Entre la gente que calienta motores y va poblando el C Art Media, se puede ver (como siempre, pero mucho más que otras veces) un caudal variopinto de edades, procedencias —periodistas, colegas, artistas musicales de renombre (tanto leyendas como jóvenes exponentes). Un público intergeneracional, mezclado y numeroso dan esa cualidad propia de un verdadero acontecimiento, un hito, del cual muchos luego dirán (o querrán decir): “yo estuve ahí”.
Quizás el mayor mérito de Instant Holograms on Metal Film, el primer disco de estudio de Stereolab en 15 años, sea haber acercado de primera mano y en sintonía de novedad un sonido tan característico como extemporáneo a un público local joven: volver no solo a escuchar sino a hablar de Stereolab, de por qué es importante escucharlos. Público el cual forzosamente, por acción u omisión, los tiene como referencia obligada por la influencia que la banda ha propagado en los artistas más importantes de diversas escenas independientes en las últimas dos décadas y media. Así se huele, cuando el baile o incluso el pogo lo permiten.

Algo del contexto actual, por contraste, quizás también sea una clave inconsciente por la cual volver a Stereolab. Señala Lætitia Sadier, muy en sintonía con una perspectiva benjaminiana, en una entrevista de 2024: “El arte es imprescindible para que la gente reaccione contra el creciente espectro del fascismo”. Espectro que en nuestro caso no solo incluye las formas discursivas de ultraderecha que han tomado fuerza en la opinión pública (el retroceso en materia de debate en torno a cultura, sociedad, derechos humanos, etc.), sino que incluye también la cultura algorítmica que emergió en los últimos años y que tiene consecuencias tanto estéticas como políticas afines a dicho retroceso.
En vivo, la puesta en escena (como sucedió con Primal Scream el día anterior en el mismo escenario) fue austera y se redujo a unos pocos juegos de luces; sin grandes ornamentos ni distracciones, para que la gente esté en sintonía pura y exclusivamente con la música y las letras. Tim Gane (guitarras), Andy Ramsay (batería), Joe Watson (sintetizadores) y Xavi Muñoz (bajo) generaron una base musical sólida y estable, una constante que se monta en secuencias, loops y guitarras rítmicas con efectos, un terreno seguro permitiendo que Lætitia pueda brillar sin esfuerzo en sus distintas facetas frente a un público que se deja llevar por los caminos misteriosos de un repertorio variado.

Lætitia (que entre visita y visita de la banda vino en 2011 a presentar su primer disco solista The Trip) mostró sus capacidades como multi-instrumentista, guiando con su inconfundible voz, pero también con la guitarra, con el trombón y el sintetizador cuando se daban momentos de jugar con el noise, los filtros y los osciladores para generar un trance que, por momentos y para su gusto, se desbordó. “No queremos una tragedia, venimos a pasar un momento feliz”, señaló la cantante en un gesto de la timidez que la caracteriza, frente a un pogo bastante austero y tranquilo para lo que sería nuestra media. Así, en varios momentos de comunicación con el público, frente a cantos y aguante, su reacción oscilaba entre la complacencia y una sutil incomodidad. Sin embargo, esa distancia carismática no deja de ser parte del encanto del grupo.

Incluso en los momentos en que la banda desborda la lógica del álbum para mostrarnos que están tocando en vivo —con crudeza, ruido e intensidad interpretativa muy viva—, a la vez se percibe cierto refinamiento, cierta zona de un caos rockero al cual no apelan, y que está bajo control, contenido. Fluye muy bien de esa manera, a su manera, profundamente freak. El rango expresivo de la banda pasa de esa interpretación muy propia del rock, a climas jazzeros, bailables, noise, electropop sin llegar a ser dance, todo bajo un lenguaje unificado e inimitable.
La lista giró fundamentalmente en torno a su último lanzamiento, con nueve canciones del mismo, aunque no faltaron (contadas) joyas de probablemente sus dos discos más emblemáticos: Emperor Tomato Ketchup y Dots and Loops, así como “Peng 33” de su disco debut, entre otras sorpresas, las cuales se fueron ensamblando como eslabones que cautivaban a un público extasiado. La noche cerró con la bellísima “Cybele's Reverie” para demostrar que, fuera de toda moda, una banda con casi 35 años de trayectoria puede tener todavía muchísimo para decir, sin apelar a ninguna nostalgia: la originalidad de ser, de ser un insecto raro, de comprometerse con esa causa en tiempos de estandarización y fachadas. Ser inimitable, en definitiva, perpetúa una novedad que, en el caso de Stereolab, parece seguir apuntando líneas de lo que vendrá. Ojalá entonces, podamos disfrutarlos de nuevo, con un poquito menos de espera por favor.









