Hay un punto en el under argentino donde el ruido y la fragilidad se funden hasta volverse indistinguibles, y ese territorio le pertenece a Kill Flora. Ana Julia González y Lucía Szellner transformaron sus canciones en refugios de melancolía y estallido: un diario íntimo musicalizado con capas de shoegaze, frenesí punk y el espíritu combativo del movimiento Riot Grrrl. Desde la Zona Sur, la banda despliega una identidad tan etérea como rabiosa, consolidando un universo estético donde cada melodía funciona como un recuerdo en llamas.
El nombre de su álbum debut, Entre sueños y distorsiones, terminó funcionando como una síntesis precisa de lo que Kill Flora venía construyendo desde hacía tiempo: un espacio donde conviven melodías vaporosas, distorsión emocional, una feminidad performática y una tensión constante entre lo frágil y lo explosivo. Pero llegar a ese título estuvo lejos de ser algo inmediato.
“Fue un camino muy largo”, admite Szellner en conversación con Indie Hoy. La presión de estar frente a su primer disco de larga duración convirtió cada decisión en un pequeño desafío. “Sentíamos: ‘bueno, es el primer álbum, esto tiene que estar bueno’, y eso hacía que dudáramos todo el tiempo”, cuenta. Había días en que el nombre parecía definitivo y otros en que todo volvía a empezar.
La relación conflictiva con los títulos venía de antes, desde la época de Entrada triunfal, el EP debut del dúo. Ana González recuerda que incluso ese nombre surgió casi por accidente, mientras armaban a mano los libritos de los CDs. “Habíamos traído un recorte de revista que decía ‘Entrada triunfal’ y fue como: listo, es este”, dice.
Con el álbum, en cambio, el proceso fue mucho más complejo. Hubo un momento en que incluso consideraron llamarlo simplemente Kill Flora, aunque nunca llegaron a convencerse. Lo que buscaban era un nombre capaz de condensar las dos fuerzas que atraviesan el disco.
“Sentíamos que había una parte muy onírica, muy dreamy, y otra mucho más de rabia o distorsión”, explica Ana. Esa dualidad —presente tanto en las letras como en el sonido— terminó convirtiéndose en el eje conceptual del proyecto: melodías dulces que chocan contra guitarras filosas, vulnerabilidad emocional mezclada con tensión física. En el proceso apareció también una referencia importante: Kate Bush. Lucía recuerda especialmente la canción “And Dream of Sheep”, cuya atmósfera ayudó a disparar muchas de las imágenes que finalmente formaron parte del disco. “Ahí empezó a aparecer toda esta idea de los sueños, las nubes y la fantasía”, cuenta.
Pero debajo de esa dimensión etérea había otra imagen mucho más corporal: una figura atravesada por el dolor emocional hasta el punto de deformarse físicamente. “Pensábamos en esta chica que se retuerce del dolor emocional que tiene, hasta que termina siendo algo físico”, explica Lucía. De esa visión surgieron palabras como “contorsión”, que lentamente fueron mutando en “distorsión”: distorsión del cuerpo, del sonido y también de la percepción. Esa idea terminaría materializándose directamente en la portada del disco, donde aparece una figura femenina doblada sobre sí misma en una pose extraña, fotografiada entre rastros de luz que acentúan su estado de desborde.

Mientras Entre sueños y distorsiones terminaba de tomar forma, Kill Flora también empezó a comprender con mayor nitidez qué clase de proyecto estaba construyendo. El disco no solo funcionó como una consolidación sonora, sino también como una confirmación estética y emocional de ciertas búsquedas que ya venían insinuándose en sus canciones.
Para Lucía, incluso el título ayudó a ordenar esa identidad. “Gracias al nombre del disco pudimos validar más esta faceta shoegaze de Kill Flora”, explica. Aunque las influencias del género —guitarras cargadas de efectos, atmósferas densas, melodías suspendidas— siempre habían estado presentes, recién durante este proceso sintió que podían apropiarse de ese lenguaje con mayor seguridad. “Siempre tomamos influencias de ese palo, pero nunca me sentía diciendo ‘bueno, yo hago shoegaze’. Y con este álbum sí apareció más esa seguridad”.
Sin embargo, esa consolidación convivió con un momento de transformación interna importante para la banda. Durante la grabación todavía imaginaban una formación distinta, con músicos que finalmente se alejaron del proyecto poco antes de la salida del disco. “Al principio nos cayó como un balde de agua fría”, recuerda González. Con el tiempo, sin embargo, el proceso de reconstrucción terminó abriendo una nueva etapa. La incorporación de Mora Cutuli, de Garbage People, y Lu Persico, de 99dosmil, reconfiguró la dinámica interna y reforzó algo que ambas venían buscando hacía tiempo: una banda integrada completamente por mujeres.
“Ahora siento que ya reconstruimos una nueva identidad”, dice Ana. Y esa reconstrucción también parece resonar en el propio disco, especialmente en aquellas canciones donde la feminidad aparece entrelazada con la memoria, la rabia y la herencia emocional.
A lo largo de Entre sueños y distorsiones aparecen canciones como “Estaba tan segura”, “Lejana”, “Cuando me vuelvas a mirar” o “El chico de Paraguay”, donde Kill Flora profundiza un universo atravesado por guitarras distorsionadas, melancolía y una sensibilidad que oscila de manera constante entre lo etéreo y lo crudo. En ese paisaje emocional, “Chiquita” ocupa un lugar especial. Escrita originalmente por Ana para su abuela, la canción se despega del resto del tracklist por su tono más íntimo y recogido.
“Habla mucho de la familia, de la infancia y de este linaje femenino”, explica Lucía. En un disco marcado por vínculos rotos, angustia y distorsión emocional, “Chiquita” introduce otra sensibilidad, más vinculada al recuerdo y a la transmisión afectiva entre generaciones. Ana incluso enlaza esa búsqueda con artistas contemporáneas como Lorde y canciones como “Favourite Daughter”, donde también aparece la relación madre-hija filtrándose en la escritura.
La construcción de atmósferas también fue una decisión central durante todo el proceso de composición. En tiempos donde gran parte de la música busca el impacto inmediato, el dúo eligió darle espacio a las introducciones largas, a los climas y a las texturas. “Todos los temas primero pasan por ser tocados en vivo antes de grabarlos”, explica Lucía. Esa experiencia sobre el escenario terminó moldeando el tempo emocional del disco: “Yo no puedo arrancar un tema de una, necesito entrar en la atmósfera”, dice.
Por eso canciones como "Estaba tan segura" conservan intros extensas y pasajes instrumentales que muchas veces van a contramano de las lógicas más inmediatas del streaming. Ana recuerda incluso comentarios externos que sugerían recortar partes de los temas para hacerlos “más rápidos”. “Nos dijeron que ‘Estaba tan segura’ tenía dos minutos de sobra y fue como: no”, recuerda entre risas.

Para Kill Flora, la presentación de Entre sueños y distorsiones no pasa solamente por tocar canciones en vivo. La idea del show está pensada como una experiencia integral, más cercana a una puesta performática que a un recital tradicional. En esa búsqueda, la banda originaria de Quilmes empezó a mirar hacia lugares inesperados dentro de su propio imaginario.
“Nos estamos basando mucho en los shows que a nosotras nos gusta ver. Más que nada los shows más pop”, cuenta Lucía sobre los preparativos para su fecha en Niceto Club. Entre las influencias aparecen recitales de artistas como Lorde o Addison Rae, no tanto desde lo musical sino desde la construcción visual y narrativa del espectáculo. “Estamos intentando hacer un show dividido en actos, con cambios de vestuario y toda la bola, dentro de lo que se puede, obviamente, porque es Argentina y somos nosotras”, agrega entre risas.
Ana Julia explica que la idea era transformar el recital en “una noche única”. “Queríamos plantear esto de que sea como un show, una cosa en sí misma”, dice, recordando incluso el impacto que les generó ver en vivo a Sabrina Carpenter y esa sensación de estar entrando al “mundo” de una artista. Bajado a la realidad del under argentino, Kill Flora empezó a pensar el recital en bloques, cada uno con climas y recursos propios: “Dividimos los temas por bloques y cada bloque tiene sus cosas particulares, coreografías y momentos más performáticos”, cuenta.
Esa dimensión escénica también fue tomando forma mientras las canciones crecían arriba del escenario mucho antes de quedar registradas definitivamente en el estudio. Varias de las composiciones de Entre sueños y distorsiones fueron mutando después de tocarse en vivo durante meses. La práctica constante les permitió llegar al estudio con otra soltura y confianza sobre las estructuras de los temas.
La grabación terminó ocurriendo en los históricos Estudios Panda. El proceso fue intenso y absorbente: jornadas largas, ansiedad, cansancio y litros de café terminaron formando parte del clima general de esas sesiones. Ana recuerda especialmente una madrugada en la que el agotamiento empezaba a mezclarse con una euforia extraña: “Tomábamos tanto café que después llegaba a mi casa y no me podía calmar”, cuenta entre risas. La sensación de encierro creativo fue tan fuerte que incluso empezó a filtrarse en los sueños: “Una mañana me desperté soñando con 'Tanto viento', con la grabación sonando en mi cabeza”, recuerda Lucía.
La forma en que la banda escribe sus canciones parece responder menos a una lógica racional que a una necesidad de preservar algo del momento exacto en que las ideas aparecen. En un proyecto donde las letras ocupan un lugar tan íntimo y emocional, intervenir demasiado sobre lo que escribió la otra puede sentirse casi como romper un registro sensible.
“No solemos cambiar mucho las letras de la otra”, explica Ana. Salvo en canciones compuestas completamente entre ambas —como "Estaba tan segura"—, cada una mantiene cierto territorio propio dentro de la escritura. “Si en ese momento sentiste eso y te salió expresarlo de esa manera, es raro que venga alguien de afuera a corregirte una palabra o decirte qué rima mejor”, agrega.
“Hay cosas donde decís: no entiendo exactamente la justificación de esto, pero me encanta y lo vamos a hacer igual”, cuenta Lucía. Más que construir narrativas lineales, el dúo parece buscar imágenes capaces de expandir el clima emocional de las canciones. Y ahí vuelve a aparecer uno de los conceptos centrales del disco: el sueño como espacio ambiguo, deformado y emocionalmente intenso.
La dimensión onírica atraviesa buena parte de Entre sueños y distorsiones, tanto desde las letras como desde la experiencia física de los shows. Lucía lo asocia directamente con esa sensación difícil de explicar que aparece viendo música en vivo: “Eso de que se te llena el alma, se te pone la piel de gallina y no entendés bien por qué”.
Para Ana, la obsesión terminó infiltrándose en casi todo lo que escribe. “No puedo dejar de hablar de los sueños”, admite entre risas. Las canciones empiezan a poblarse de personajes dormidos, recuerdos deformados y estados donde la percepción parece correrse apenas de lugar. Incluso en "Cuánto tiempo más", el último tema del álbum, aparece esa imagen de despertar y descubrir que la realidad ya no coincide con lo que se esperaba. “El recuerdo termina pareciéndose a un sueño porque te lo acordás distinto a cómo fue en realidad”, dice Ana. Y en ese desplazamiento entre memoria y fantasía parece instalarse gran parte del imaginario emocional de la banda.
Del otro lado aparece la distorsión: cuerpos que se rompen, emociones llevadas al límite y una fisicidad constante en las letras. Lucía reconoce que muchas veces vuelve obsesivamente sobre imágenes de destrucción corporal. “‘Me rompería todo el cuerpo’… siento que todo va mucho por ahí”, dice sobre una frase de Cuando me vuelvas a mirar. “Seremos una sueño y la otra distorsión”, bromea Ana. “Kill Flora, literal”, responde Lucía entre risas.
Kill Flora se presentará el miércoles 13 de mayo a las 20 h en Niceto Club (Cnel. Niceto Vega 5510, CABA). Entradas disponibles a través de Venti, 20% de descuento con Comunidad Indie Hoy. Escuchá Entre sueños y distorsiones en plataformas (Spotify).









