A las cuatro de la mañana, cuando todo está oscuro y quieto, Lucrecia Dalt empieza a trabajar. Dice que es su propia “hora del lobo”: ese territorio borroso entre la noche y el amanecer donde las ideas aparecen sin filtro mientras la razón todavía duerme y otro instinto toma las riendas. No es casualidad que, por más que haya cambiado de piel varias veces a lo largo de su discografía, su música siempre mantenga un halo de misterio. Sus canciones parecen abrir portales, a veces en los climas oscuros e inciertos que construyen, y otras en la manera en que enlazan géneros tan disímiles como el bolero, la electrónica y el spoken word.
Su más reciente disco, A Danger to Ourselves, se creó en esas horas de la madrugada. “Al principio fue por haber estado de jet lag —cuenta Dalt en conversación con Indie Hoy desde su estudio en Nuevo México, adonde se mudó después de dejar Berlín—. Me iba a dormir temprano porque estaba cansada, y empecé a notar que, como era invierno y el sol salía tarde, ese horario se volvió mi forma de trabajar de noche. Mucha gente, sobre todo músicos, siente que esa es la hora en que estás conectado con algo más primordial y hay menos distracciones. En mi caso era al revés: levantarme a las cuatro, desconectar internet, hacerme un cafecito y trabajar en ese estado de somnolencia. Me pareció súper inspirador. Ves el sol salir, cambia la luz… y ese momento de estar sola con mis ideas fue donde empezó a aparecer el disco”.
En ese horario de trasnoche, algo se volvió más poroso. Su noveno disco encuentra a la artista colombiana dando un nuevo paso hacia un territorio más corpóreo y vulnerable. También es cierto que, en los últimos años, algo parece haberse aflojado en su música: dejó de esconder la voz y permitió que las canciones —sus melodías y su emoción— aparezcan con más claridad. Ese impulso empezó a tomar forma en ¡Ay! (2022), un luminoso disco inspirado en la nostalgia del bolero elegido como uno de los mejores del año en Indie Hoy, que la llevó a revisar sus propios límites estéticos. Pero como suele suceder con Dalt, sus discos se sienten más como puntos de partida que de llegada, y en A Danger to Ourselves profundizó ese camino con una sensibilidad más carnal.
Estas nuevas canciones exploran el deseo y la fantasía, el erotismo y el peligro, lo fantasmal de las relaciones a distancia y el vértigo del amor nuevo. Ya en la portada se la ve de hombros para arriba, el torso descubierto, el pelo cubriéndole su cara y escondiendo una sonrisa tan intensa que se siente peligrosa. Dalt asocia esa apertura emocional a su interés en explorar el ritmo, inspirada en su trabajo con el percusionista español Alex Lázaro, que grabó en ¡Ay! y se volvió una pieza esencial del formato dúo con el que gira desde entonces.
“Con Alex empezamos a explorar distintas formas de polirritmo desde ¡Ay! y eso se expandió muchísimo más en los conciertos —cuenta Dalt—. Ahí vi el potencial que quería seguir explorando: no solo su lado tímbrico y percusivo, sino también las texturas que yo podía sacar con mis procesos y sintetizadores modulares. A partir de esos conciertos empecé a sentir un impulso fuerte de trabajar el ritmo de manera más radical y, a la vez, de desarrollar más confianza con el cuerpo y la voz. Venía de una onda más experimental, donde la voz estaba más oculta y tímida, con más miedo, y en esos conciertos me empecé a sentir bien. Este disco es una rendición radical a querer tener la voz ahí, clavada, y de aceptarse a uno con todas las fallas y fragilidades”.
¿Qué te interesó explorar del ritmo en términos emocionales?
Esa es una buena pregunta. Yo creo que es difícil de responder porque hay toda una información polirrítmica que traigo simplemente de haber nacido en Colombia, con toda esa confluencia de ritmos africanos de la costa y la influencia de músicas españolas que trabajan otras métricas. Crecí escuchando currulao, champeta, ritmos con ondas muy distintas y desconectadas del clásico cuatro cuartos. Y a pesar de que nunca había decidido investigar eso, estaba ahí, es con lo que nací y es lo que está siempre sonando en todas las esquinas, donde sea que vayas. Entonces siento que ahí se entrelaza la emoción y la necesidad de buscar diferente en el ritmo. Y también tengo claro que el sonido tradicional de batería, gustándome en otros contextos, no es lo que quiero para mi música. Me interesa explorar otras posibilidades: si un sonido de botella me fascina, uso eso y no un redoblante. Esa búsqueda puede ser una satisfacción más creativa y cerebral, pero hay algo implícito en esas exploraciones rítmicas que también expande la emocionalidad. Cuando Alex me mandó el ritmo de “Cosa rara”, para mí la canción ya estaba ahí, completa: solo tenía que escuchar lo suficiente. Toda esa exploración tímbrica que él propone abre una posibilidad distinta de conexión emocional. Está todo muy entrelazado para mí: esa relación entre la cabeza y la emoción, entre la parte nerd y dejar que la pura emoción te domine.
Teniendo en cuenta esta conexión con el ritmo, ¿notaste alguna diferencia en cómo fueron recibidas en vivo las canciones de ¡Ay! en Latinoamérica y en Europa?
Tengo un recuerdo clavadísimo tocando en México, de una persona que estaba cantando “El Galatzó”, que en realidad es una canción hablada. Fue muy bonito, porque esas letras no están pensadas para que alguien las aprenda ni para hacerte resonar vitalmente, sino como un ejercicio de ficción, sin ninguna expectativa de que alguien las supiera y cantara. Ver eso, y verlo en Latinoamérica, fue como, ¡wow, qué onda! Obviamente, la vibra cambia mucho de un país a otro, cada uno tiene una manera muy auténtica de reaccionar, así que no podría reducirlo a una sola cosa. Pero sí creo que como ¡Ay! era un disco en español y trabajaba la nostalgia del bolero, entonces había una conexión más profunda. Ahora, con este disco, siento que los temas son más globales, pero igual está muy atravesado por el ritmo y por la energía de haber crecido en Latinoamérica.
¿Qué creés que te llevó a hacer un disco menos narrativo y ficcional, y más sincero?
Sentí que había cerrado un capítulo. Obvio que el disco sigue teniendo influencias de películas y toca temas complejos como en “Caes”, está contado desde el sentimiento y el corazón. Por eso creo que puede ser más adaptable a otras subjetividades, que alguien puede resonar con un fragmento de letra sin que yo lo haya escrito pensando en generar una conexión. Estás haciendo un ejercicio de honestidad, y si además de eso le sirve a alguien para analizar su propia situación, pues maravilloso, porque al final la música es eso, ¿no? Un remedio para la circunstancia.
¿Las canciones surgieron mientras estabas de gira?
No compongo cuando estoy en la carretera, me parece súper difícil concretar ideas cuando estás con tanto estímulos alrededor. Necesito estar en mi espacio, mi estudio. Lo que sí hice fue escribir una especie de poesía en pseudo prosa que se desarrolló durante el comienzo de una relación a distancia, y que después se transformó en las letras del disco. Creo que eso fue fundamental: querer compartir una experiencia con alguien con quien no puedes compartir el mismo espacio físico, mientras tu cabeza está todo el rato encendida intentando explicar metafórica o poéticamente todo lo que vives en la carretera. Y cuando por fin volví a mi espacio, todo empezó a ordenarse, mientras construía un nuevo estudio, que es un poquito más pequeño que el de Berlín, pero, honestamente, trabajo muy cómoda dentro de limitaciones: si solo tengo un filtro, un micrófono y una placa de sonido, con eso hago el disco si es necesario. En este caso, el ordenador se volvió la herramienta principal para traer todas esas ideas, y después hubo muchos procesos adicionales de cinta y detalles extras que se fueron sumando a la complejidad sonora que hay detrás de la voz, el bajo y la batería.
Además del deseo y la distancia, hay otro aspecto que atraviesa el álbum: el cruce entre erotismo y peligro. ¿Sentís que están inevitablemente conectados?
Para mí todo está súper interconectado, y saltar de un lado a otro es muy fácil. También estoy usando mucha metáfora. Me encanta el neonoir, ese cine especulativo que no te da todas las respuestas y te hace intentar conectar los puntos. De alguna manera, estoy intentando describir de forma muy meta algo que podría ser un simple sentimiento. En “Mala sangre”, por ejemplo, aparece esa idea de estar tan conectado con tu amante que hay una especie de accidente, pero lo que la policía encuentra no es el accidente, sino una anomalía, porque esos dos personajes ya son una amalgama imposible de entender. Pero lo que estoy ilustrando es lo que yo siento por dentro al compartir ese espacio personal con alguien. Es usar una forma poética para explicar otras posibilidades que están solo en mi cabeza, y que solo ahí tienen sentido y coherencia.

Contaste que “Cosa rara” estuvo inspirada en David Lynch, como un homenaje al episodio 8 de Twin Peaks: The Return. El erotismo y el peligro también aparecen mucho en su obra. ¿Qué es lo que más te atrae de su trabajo?
Creo que es esa libertad tan profunda para explorar ideas sin intentar justificarlas, sino dejarlas existir tal como vienen. Somos seres muy limitados en nuestra percepción y es imposible encontrarle una coherencia a todo. Me inspira porque yo tengo un lado muy ingenieril, que necesita explicarlo todo, pero también otro que lucha contra esa necesidad de sentido. Me fascinan las coincidencias y cómo se encadenan las cosas. Cuando estaba revisitando el episodio 8 de The Return, también estaba Oppenheimer por todas partes y estaba leyendo Maniac de Benjamin Labatut, que toca temas parecidos. Todo eso me hizo pensar en esas mentes capaces de procesar tanta información que llegan a un estado de delirio o demencia. Ese episodio explora la creación del mal de una forma completamente metafórica y hermosa: la escena, la canción en la radio, las imágenes… qué belleza que alguien haya podido condensar algo tan filosófico en un capítulo de televisión. Al final, estar vivos implica habitar esa ecuación entre el bien y el mal y aprender a procesar ambos lados. Por eso Lynch siempre me ha inspirado, por su libertad y por su forma de pensar en la trascendencia.
Este proyecto es la primera vez que invitaste a otras voces a cantar: aparecen David Sylvian, Mabe Fratti, Camille Mandoki, Juana Molina. ¿Qué te llevó a eso?
Siempre he sido súper admiradora de Juana Molina, es uno de esos proyectos que me han inspirado en todas sus etapas. La vi en directo por primera vez hace 15 años o más en Barcelona y fue como… uf, brutal. Por esa época yo estaba sacando mi primer disco, Congost, en una edición hecha por mí, y le escribí para mandárselo. Y después pasan esas cosas de la vida: terminan siguiéndose, haces una pregunta y llega una respuesta positiva, así surgió la colaboración. Si colaboro tiene que haber una intuición de que va a funcionar y una profunda admiración por su trabajo. Camille Mandoki es una de las voces más increíbles que hay, ella está trabajando en su próximo disco y no veo la hora que lo saque. A Mabe Fratti la conocí a través de Camille, colaboran en un proyecto que se llama Amor Muere, y tengo admiración total por esos sonidos que le saca al chelo, su voz, la fragilidad de sus letras.
¿Y cómo conociste a David Sylvian?
Con David fue diferente porque viene de muchos años de admiración. Cuando terminé ¡Ay! le escribí porque sentía que mucho del disco había sido inspirado en su trabajo. A partir de ahí empezamos a hablar, conocernos, acercarnos, y eventualmente surgió la idea de trabajar y compartir una vida juntos.
El spoken word siempre ha sido un elemento importante en tu música, y en este disco la primera voz que escuchamos en ese estilo es la de él. De hecho, entiendo que el título del disco, A Danger to Ourselves, salió de uno de sus versos.
Sí, para mí, esa frase condensa bien la idea de que somos una especie de milagro muy loco en un mundo tan complicado de navegar, intentando mantener nuestra tranquilidad y coherencia. Muchas letras ilustran esa tensión: aquí hay armonía, pero a partir de aquí existe todo lo que no lo es. Moverse en ese territorio y rondar esos límites a veces genera posibilidades que no había imaginado. Tiene una connotación peligrosa, porque el amor te puede llevar al delirio, pero creo que la obsesión con el balance personal también puede llevar a la locura.
Escuchá A Danger to Ourselves de Lucrecia Dalt en plataformas (Bandcamp, Spotify, Tidal, Apple Music).


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