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    Punto y Pacífico: “Para hacer tu primer disco tenés toda la vida de inspiración”

    Tres años después de su álbum debut, Francisco Zuleta vuelve con Luna Park, un disco inspirado en las guitarras, las melodías y el dejarse llevar.
    De Bartolomé Armentano04/12/2025
    Punto y pacífico (2025)
    Punto y Pacifico. Foto: Lucila Mariani y Victoria Pereda
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    “Canta la noche, que muera el día”, proclamaba Punto y Pacífico hace algunos años desde las calles de una Buenos Aires que recién empezaba a recomponerse tras la pandemia. Era uno de los tantos aforismos nocturnos que podían apreciarse a lo largo de Tierra en trance (2021), el disco con el que debutó el proyecto liderado por Francisco Zuleta. Es también el ánimo que reverbera a lo largo de Luna Park, el segundo álbum del artista porteño, publicado recientemente.

    Con mayor potencia reaparecen los tópicos que ya lo fascinaban desde sus comienzos. Pero allí donde el predecesor sugería una urbe íntegramente digital, edificada sobre loops y sintetizadores, el sucesor recurre además al empleo de la guitarra eléctrica para el armado de su metrópolis de neón. El resultado se aproxima, si se quiere, a las sonoridades de un My Bloody Valentine glitchero; uno que es único en su voz artística y, al mismo tiempo, hermosamente melódico.

    Cuando ingresa a una videollamada para hablar con Indie Hoy sobre Luna Park, Zuleta se encuentra en medio de dos ocupaciones importantes: la composición de una banda de sonido para cine, por un lado, y la preparación de su show del 4 de diciembre en el bar Liverpool, por otro, en el que se ocupará de abrir la fecha de Fuga Mediante. Pero nada de esto impide que el multi-instrumentalista se extienda con lucidez y humor sobre su último trabajo, su quehacer artístico y sobre lo que realmente puede pasar cuando uno se entrega a las “posibilidades de una noche“.

    punto y pacifico
    Punto y Pacifico. Foto: Lucila Mariani y Victoria Pereda

    Pasaron cuatro años desde el lanzamiento de Tierra en trance. ¿En qué anduviste en todo este tiempo? ¿Y cómo fue el proceso de gestación de Luna Park?
    Estuve bastante con el tema del cine, haciendo música para cortos, y también saqué un par de singles sueltos. Todo eso llevó mucho tiempo, pero la realidad es que después de Tierra en trance me agarró una especie de depresión posparto. Para hacer tu primer disco tenés toda la vida de inspiración, entonces es fácil no tener un concepto o que el concepto sea: “Voy a hacer un disco”. Es una historia que se cuenta sola. Requería que mi segundo disco tuviera otra razón de ser. No un concepto, porque Luna Park no es un disco conceptual ni a palos, pero los discos más lindos para mí son aquellos que te meten en un mundo inventado o una ficción. Pienso en el disco de Sophie o el de Burial, por ejemplo. La electrónica suele facilitar la evacuación de la realidad porque su sonido no tiene mucho que ver con la realidad, pero también me pasa con los Beatles, con Panda Bear y Animal Collective, con los Flaming Lips. Sentía que Tierra en trance se acercaba más a una colección de temas, y encaré Luna Park con la intención de inventar un mundo, que en este caso incluye instrumentales, sonidos de ciudad, samples caleidoscópicos. Creo que eso es lo que hizo que tarde tanto la composición del segundo disco. Mucha gente me preguntaba cuándo iba a salir, y yo respondía que no lo encontraba, que todavía no era el momento. Me tenía que comer la peli de que estoy haciendo un disco.

    El desarrollo más reconocible es el del rockero que descubre la electrónica, a la manera de Radiohead con OK Computer y Kid A. Pero acá hay un viraje muy marcado hacia la guitarra eléctrica. Incluso está en la tapa. ¿Hubo algo que haya detonado ese deseo de explorar las posibilidades del instrumento?
    Volví mucho a la música de mi adolescencia: al rock noventoso que conecta con la introversión y con ese anhelo reprimido de querer cosas que ni siquiera sabés lo que son. Guided by Voices, Yo La Tengo, Sonic Youth, Built to Spill… Ese es el hilo conductor de Luna Park: la guitarra eléctrica, la distorsión, el ruido, pero también lo que el instrumento sugiere más allá del sonido. Esa idea de: “Estoy acá en mi habitación con mi guitarra, somos yo contra el mundo”. Creo que ese fue el disparador. Yo aprendí a componer y organizar una canción con la grilla de la compu, y después de Tierra en trance empecé a sentir que me costaba salir de mis propios lugares comunes: empezar con un loop rítmico, ponerle acordes con un plugin o con un synth. Apenas empezaba un tema ya sabía hacia dónde iba a ir. Quise sacar la compu de la ecuación para volver a sorprenderme con la composición. No me conozco el mapa de la guitarra, entonces siempre voy a estar un poquito sin saber a dónde ir. En el piano es difícil perderse, porque es la misma forma trasplantada a todos lados. Cuando hago música, me gusta sentir que estoy descubriendo algo nuevo, o nuevo para mí.

    ¿Cuál fue la primera canción en aparecer?
    La primera fue “Llamar tu atención”. Una noche de mucho frío me quedé en casa y tenía un beat medio electrónico que ya había hecho mil veces, y recuerdo sentir esa sensación de decir: “che, voy a agarrar la guitarra y ver qué pasa”. Encontré esa progresión de acordes, y la estructura del tema apareció en dos segundos. La letra no, obvio. Pero esa velocidad intuitiva me marcó el espíritu; me alejó de la época de Tierra en trance, que representa mi obsesión absoluta con PC Music y con la idea de no tocar un instrumento nunca más en la vida. La otra canción que apareció tempranamente es “Lo que hay en mí”. Ambos temas los produje con Julián Príncipe, que es brillante en todo lo que implica programación de beats.

    Tanto “Llamar tu atención” como “Altos instintos”, del disco anterior, son temas que dan cuenta de un oído melódico muy especial. Son canciones que podrían sostenerse solas en un formato acústico, sin todo el lustre de producción. ¿De dónde viene esa sensibilidad? ¿Haber estudiado en un conservatorio como melodista te sirvió?
    Lo que más me llevé del conservatorio es haber aprendido de estructuras. Soy una persona extremadamente volada y olvidadiza, a la cual le cuesta la estructura en todos los aspectos de la vida. Antes de Punto y Pacífico hacía música muy abierta y de paisajismo; casi que sentía que era un tema de desarrollo cognitivo para mí. La música es un lenguaje, y yo todavía no había terminado de desarrollar esa capacidad organizativa que es necesaria para hacer canciones. Lo que me ayudó de ir al conservatorio es el estudio de la música clásica. Es una buena manera de aprender a analizar la arquitectura de una canción, el diálogo entre la armonía y la estructura: hacia dónde puede ir una canción, hacia dónde vuelve, qué tan lejos te podés ir. A mí me encanta el jazz: no modulo nunca en mis temas, o si lo hago es a tonalidades cercanas, pero me encanta cuando [John] Coltrane se va a la mierda. Dicho eso: para mí lo más importante en la música es la melodía. Todo tiene que estar al servicio de eso porque no hay nada más importante. Una melodía increíble te puede cambiar la vida. Hay un montón de música que es extremadamente percusiva y me gusta muchísimo, pero no es lo que hago; nunca podría hacer música no melódica. No es mi manera de comunicarme musicalmente ni de expresar mi sensibilidad. Es muy desesperante cuando una progresión de acordes me sugiere una melodía y no puedo encontrarla. Para mí los melodistas más grandes de la historia son los Beatles y [Tom] Jobim. También [Astor] Piazzolla, Prefab Sprout, Fishmans. Son la refe, ¿viste? Pero cuando estoy componiendo, las melodías siempre me surgen cantando y viendo qué es lo que nace de la panza. Las melodías más increíbles son las que parecen que se escribieron solas. Recomiendo también probar con la menor cantidad de notas posibles: armar una melodía circunscribiéndose a dos o tres notas, repitiéndolas en órdenes y duraciones distintos.

    Después tenés a Kate Bush saltando por todos lados.
    Hay muchos hits que tienen apenas dos notas. “Teenage Dream” de Katy Perry, para mí, es una de las mejores canciones de la historia. ¿Cuántas notas son, tres? Lo más increíble que tiene Max Martin, el dios del pop, es su teoría para componer melodías. Le dice “Melodic Math”.

    Hay algo muy hermoso a nivel lírico en tu disco y es que la mayoría de las letras describen tránsitos, no-lugares y estados de anticipación más que destinos en sí mismos. Pedís un auto, estás en una YPF, cargás la Sube en un kiosco… Todo es pura posibilidad. 
    El anhelo es lo mejor que hay. Por eso me encantan tanto las películas de Wong Kar-wai: son puro deseo. La añoranza es como la nostalgia a la inversa. Esas dos cosas son lo que viene antes y lo que viene después del objeto, que al final es algo muy mundano.

    En general diría que Luna Park remite a esa música que uno asimila a la noche metropolitana, pero “Saldo positivo” te lleva de vuelta a esa época del pop-rock radial.
    Es la canción más convencional de alguna manera. Es una banda tocando. Mi referencia para traer ese sonido fue New Radicals. Si hubiera una canción en el mundo que me hubiera gustado escribir, sería “You Get What You Give”. El chabón después fue compositor para otra gente, y escribió “Murder on the Dancefloor” [de Sophie Ellis-Bextor] y “The Game of Love”, la de Michelle Branch con Santana. Gran compositor olvidado. “Saldo positivo” es muy esperanzadora, dice que va a estar todo bien. Al final aparecen esos diez segundos de música trance, y se sienten muy fuera de contexto pero los sentí como un gran logro.

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    Punto y Pacifico. Foto: Lucila Mariani y Victoria Pereda

    ¿Ese es tu momento de producción favorito en Luna Park?
    Ese me gusta mucho, pero creo que mi tema favorito del disco es “Saldo negativo”, me gusta mucho su beat. Lo sentí muy orgánico y distinto, y no sé si escuché algo tan parecido a esos sintes que suenan como campanas que van rompiéndose. Disfruto mucho del momento de ponerle chimichurri a la música, porque el momento de escribir la canción es más serio y espiritual, implica ponerse las pilas. Cuando eso se resuelve, de alguna manera sentís que ya no hay stakes y te podés divertir. Me encanta.

    ¿Cómo es ser un músico independiente en Argentina en 2025? ¿Qué le dirías a alguien que está empezando para ahorrarle un tramo del camino? 
    No sé, estoy esperando que alguien me diga algo a mí alguna vez. Ahora es peor para todos porque somos gente y estamos expuestos a los vaivenes de la política y la economía como el resto del mundo. Pero la realidad es que en Argentina nunca hubo una “industria” de la música independiente. Hay una industria saludable para nuestro mainstream y eso está buenísimo, porque algunos países no tienen ni eso. Pero no hay un ecosistema de sellos independientes. Todos los músicos independientes que conozco llegan a fin de mes sobre el pucho. Por eso tenemos pocos artistas independientes longevos. Es muy normal que digan basta y no lleguen a viejos haciendo música. Acá es difícil encontrar esa clase de figuras intermedias, como un Bill Callahan, que quizás nunca se compró una Ferrari pero sí pudo y puede vivir de lo que hace. También es normal que el músico independiente argentino sepa un poco de todo, para bien y para mal: de mezcla, de mastering, de grabación, de producción, de arreglo. A veces, cuando un músico no se especializa en algo específico, la obra sufre por eso. En mi caso, a veces siento que soy más melómano que músico. Me gusta mucho la música, boludo. Casi que hago música de lo mucho que me gusta. Lo único malo de hacer música es que no puedo escuchar música mientras hago música.

    Escuchá Luna Park de Punto y Pacífico en las plataformas de streaming (Bandcamp, Apple Music, Spotify).

    Música en Argentina Punto y Pacífico
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