Anton Newcombe prende un cigarrillo, sonríe, y mientras exhala el humo entre sus dientes se cuela un orgullo imposible de disimular cuando habla de The Brian Jonestown Massacre, la banda que encabeza desde hace más de tres décadas. Y no es para menos. Con 20 discos editados, giras por todo el mundo y un recorrido tan caótico como fascinante, Newcombe disfruta no solo de la satisfacción de nunca haber sucumbido a las garras de los grandes sellos discográficos, sino también de haber sobrevivido bajo sus propias reglas a esa picadora de carne que tantas veces es la industria musical.
“Yo nunca necesité el permiso de nadie en mi vida”, dice el músico estadounidense en conversación con Indie Hoy, al hablar de la determinación con la que enfrentó cada decisión, tanto personal como profesional en su derrotero. “Jamás voy a esperar a que alguien me diga que está bien ser yo mismo. A la mierda con eso”. Su postura, que por momentos bordea lo dogmático, no nace del simple capricho sino que el artista tiene fundamentos suficientes para respaldar lo que defiende y ostenta.
Desde la creación del grupo a principios de los años noventa en San Francisco hasta hoy, Newcombe logró levantar un imperio austero pero propio. Conserva la totalidad de los derechos de su música gracias a haber fundado su propio estudio en Berlín —ciudad en la que actualmente reside— y el sello A Recordings, con el que no solo edita los discos de The Brian Jonestown Massacre, sino que también financia sus giras. Esa obstinación terminó por darle algo que para muchos músicos no pasa de ser una utopía: ser un artista completamente independiente, que responde únicamente a su propio criterio.
Este 2 de diciembre, la banda vuelve a presentarse en la Argentina en el C Art Media como parte de su nueva gira latinoamericana. Será su regreso a Buenos Aires dos años después de su paso en 2023, cuando se presentaron en el mismo venue para presentar The Future Is Your Past. “El público argentino es el mejor del mundo”, dice en tono halagador. “Los shows ahí son como un partido de fútbol: todos están siempre cantando ‘¡Olé, olé, olé!’”, agrega y destaca que para un artista como él que se nutre tanto de la energía del vivo como de la composición, esa experiencia sirve como combustible.
En su última presentación en Buenos Aires, The Brian Jonestown Massacre estuvo acompañada por Winona Riders como teloneros. Marcados a fuego por la influencia del grupo estadounidense, la banda argentina supo moldear esa inspiración hasta consolidar uno de los sonidos más representativos de la escena local pospandémica. Aquella noche, su show de apertura para BJM funcionó como un bautismo consagratorio frente a una audiencia que los recibió como parte de su propio linaje.
“Estoy muy orgulloso de ellos”, dice Newcombe. “Creo que incluso vinieron a Europa, lo cual es genial para ellos. Suenan muy profesionales”, agrega, para luego diferenciar su estilo del de BJM: “Su influencia llega hasta cierto punto. Claro, tienen al tipo con la pandereta y las maracas ahí adelante, pero más allá de eso, su música no es la misma. Están influenciados por sus propias influencias. Pero creo que es genial que hagan lo que quieren hacer: eso es lo único que siempre quise que la gente hiciera. No quiero que la gente sea como yo, quiero que la gente sea ella misma”.
Esa convicción con la que Newcombe defiende la autenticidad por sobre todo terminaron por coronarlo como una figura distinta dentro del rock alternativo. Mientras buena parte de su generación se perdió entre contratos discográficos y egos star system, el líder de The Brian Jonestown Massacre eligió el camino menos glamoroso y cómodo, el de un oficio. Para él, la inspiración no irrumpe como un rayo divino, sino que es una tarea rutinaria que conlleva horas, tiempo muerto y aburrimiento.
“No hay otro misterio que tener ganas de hacerlo”, explica. “A veces me salen canciones con un ritmo disco, pero eso no significa que quiera hacer un LP de música disco. Aun así, para mí lo importante es terminar la canción pase lo que pase y después pasar a lo siguiente, porque lo que realmente busco con todo este proceso es sentir inspiración. No me importa lo que toco o a qué suena; solo espero encontrar una canción que realmente me atrape. Cuando esa canción llega, de repente empiezan a aparecer todas. Pero puede llevar mucho tiempo”.

Newcombe compara el arte de componer con la pesca. “Podés estar sentado un buen rato esperando a que pique algo grande. La mayor parte del tiempo, en cambio, agarrás peces chicos y los devolvés al agua. Tanto en la composición como en la pesca, no hay garantías”. Esa paciencia de la que habla parece incompatible con el ecosistema actual de la música, donde todo se mide en algoritmos y el éxito se define en términos numéricos. Anton va contra la corriente, a su propio ritmo, probando, descartando e insistiendo.
Cuando se le pregunta por la inspiración, se saca los lentes de sol y, por primera vez, muestra sus ojos: rojizos y cansados, como los de un reptil enorme y bondadoso. La respuesta llega con un gesto simple, casi infantil: “Me gusta tocar música. ¿Acaso no es suficiente?”, dice riendo. Según su vision, la industria mató esa pasión en una generación entera de artistas. Para ilustrarlo, cita un discurso reciente de Shirley Manson de Garbage, quien en septiembre denunció que ya no pueden salir de gira como banda principal en los Estados Unidos debido a la inviabilidad económica.
“En los 90, muchas bandas firmaron con sellos enormes y después desaparecieron. Algunos vuelven 20 años después para hacer una ‘reunión histórica’. Es durísimo. Yo, en cambio, vengo de la cultura del garaje, en California, donde nos gusta tocar y ser independientes. Allá todavía hay punks de 50 o 60 años tocando en bandas que nunca firmaron con nadie, que siguen tocando y autogestionándose. Ahí está la diferencia”, explica el músico.
Newcombe habla de algo “chamánico” en la música, pero no desde un misticismo extraño ni espiritual. Su idea es simple pero poderosa: la música debería atravesar el espectro completo de emociones humanas. “No se trata de ser bueno o malvado. La música debería abarcar muchos lugares”, explica. “Así como una persona real tiene muchos estados de ánimo, la música también debería tenerlos. Si tengo una canción que suena triste, me gusta escribir letras alegres; y si la música es feliz, prefiero escribir algo más terrenal, cambiar las cosas”. Su búsqueda está en el contraste y la fricción emocional. Por eso juega con las imperfecciones, los accidentes, y le da lugar a la rareza como si fuera parte indispensable de la verdad que intenta capturar.

Parte indispensable para llevar a cabo esa alquimia musical de la que habla Newcombe es su estudio en Alemania: un laboratorio anegado de micrófonos y equipos vintage, compresores, pedales e incontables instrumentos. Esa artillería, sumada a la libertad con la que encara el proceso creativo, es la que hizo posible que BJM se convierta en un proyecto tan extenso como mutante. En su música conviven la neo-psicodelia (presente en discos como Methodrone y Their Satanic Majesties' Second Request), el country rock (Thank God for Mental Illness), el jangle pop (Take It from the Man!, Fire Doesn't Grow on Trees) y un abanico de expresiones que transforman a The Brian Jonestown Massacre en una suerte de antología viva de la cultura musical estadounidense.
Más allá de su equipamiento personal —y de que percibe cierta urgencia de las nuevas generaciones por volver a lo analógico—, Anton tiene su propia mirada sobre las herramientas digitales y cómo facilitaron, para muchísima gente, hacer música: “Ahora —y no es que lo critique, aclaro—, parece que cada semana aparece algo nuevo: mezclas asistidas por IA y toda esa mierda. Podés abrir Ableton, que es bastante barato —en Europa creo que cuesta unos 800 euros— y, con eso, ya tenés todo lo necesario para grabar. Después el programa te abre ventanas de mezcla, y estos softwares ya vienen ecualizados si querés usar esas opciones. Cuando todo empieza a funcionar así, pierde gracia. Cuando todo se puede ‘perfeccionar’ y pulir, empieza a sonar igual. Pasa lo mismo que con el arte y las películas hechas con IA: terminan todas viéndose igual, como una cagada. Yo prefiero el clima, las texturas, las pequeñas imperfecciones”.
La filosofía que rige la vida de Newcombe es la del riesgo. Una forma de vivir que encuentra en la adrenalina el estimulante necesario para saltar al vacío y ver qué pasa. “En la música como en la vida tenés que tirarte al fuego —dice—. A veces me ofrecían trabajos donde tenía que manejar y yo ni siquiera tenía registro, pero aun así me mandaba. Simplemente lo hacés. Lo mismo cuando me gustaba una chica linda: soy muy tímido y nervioso, pero iba y les hablaba igual. Era tirarme al fuego o volverme solo a mi casa. Siempre fue así, y con los shows también. Siempre estoy nervioso. Me pone nervioso salir de gira, pero eso también es lo que me motiva”.
El año pasado se cumplieron 20 años de Dig!, el aclamado documental de la cineasta Ondi Timoner que indaga en el choque entre el arte y la industria musical a través del ascenso de The Brian Jonestown Massacre y The Dandy Warhols. La película se centra no solo en el desarrollo de sus carreras, sino también en el vínculo de amor y odio entre sus respectivos líderes, Newcombe y Courtney Taylor. Aunque el film retrata a Newcombe como un artista torturado por sus propios demonios —adicciones, paranoia y ataques de ira— y como una suerte de anti-héroe del rock, el músico no siente ni reivindicación ni rencor hacia quienes lo catalogaron como un error ambulante.
“Si toda la industria discográfica dice ‘este tipo es un perdedor’, ‘mirá cómo arruinó su carrera’... Bueno, ninguno de ellos sigue en el negocio. Recién mencioné a Garbage, o su baterista, Butch Vig, que grabó con Nirvana: todos ellos siguieron las reglas, y ahora ni siquiera pueden salir a tocar. Para ellos, esto se terminó. Eso demuestra que yo sabía algo que los demás no”, fanfarronea con motivos. “Muchos artistas se morían por ser estrellas de rock, como Dave Grohl [de Foo Fighters]. Yo no quiero y nunca quise ser una estrella de rock. Yo quiero tocar rock”.
Antes de despedirse, Newcombe remata la entrevista con el mismo orgullo con el que la empezó, con el pecho hinchado y la sonrisa sobradora. Lejos de la épica romántica del "rockstar maldito" que alguna vez lo persiguió, hoy entiende la estabilidad como su mayor triunfo. “Por suerte siento mucha paz conmigo mismo. Trato de mantener las cosas simples. Soy dueño de toda mi música y financio todo lo que necesito. Vivo en Alemania, tengo mi estudio, mi hijo va al colegio… y sigo haciendo lo mío”, enumera y remata sin titubeos: “Yo gané. Los que me critican no pueden decir lo mismo”.
The Brian Jonestown Massacre se presentará el martes 2 de diciembre a las 19 h en C Art Media (Av. Corrientes 6271, CABA). Entradas disponibles a través de Passline, 25% de descuento con Comunidad Indie Hoy.









