Cada disco de Yo La Tengo es una forma distinta de decir lo mismo: que las emociones pueden tener textura, y que incluso el ruido puede ser un gesto de amor. En su recorrido, la banda de Hoboken, Estados Unidos, convirtió la vulnerabilidad en método y la curiosidad en horizonte. Hay discos que suenan como una habitación en penumbra, otros como una autopista iluminada de noche. Lo que los une es una sensibilidad obstinada, como si cada canción fuera un modo de cuidar lo que aún los conmueve.
James McNew, bajista del grupo, atiende con una calma que parece propia del universo Yo La Tengo. En su voz, hay una mezcla de calidez, humor y distancia temporal que solo puede tener alguien que lleva más de tres décadas girando por el mundo. Habla desde un lugar tranquilo, pero su memoria se enciende cuando recuerda la última vez que tocaron en Buenos Aires.
“Aquella vez no teníamos nuestros instrumentos. Todo nuestro equipo había quedado retenido en la aduana, así que tocamos en Buenos Aires con instrumentos prestados por la banda local que compartía fecha con nosotros, por sus amigos y hasta sus parientes. Fue increíble, uno de los conciertos más inolvidables de toda mi vida”, cuenta James acerca de lo vivido en 2014 junto a Atrás Hay Truenos en el Teatro Vorterix.
Esa anécdota condensa parte del espíritu de Yo La Tengo: una banda que puede convertir el imprevisto en una experiencia colectiva. “Esta vez, espero que podamos tener nuestros instrumentos —dice entre risas en conversación con Indie Hoy—. Nunca nos había pasado algo así. Y, bueno, espero que no vuelva a pasar, pero fue asombroso y muy especial”.
La banda va a tocar no solo en el Festival Music Wins este domingo 2 de noviembre, sino que también anunció un sideshow acústico en Deseo. “Nuestros conciertos, cuando son nuestros propios shows, suelen ser solo nuestros, no hay banda soporte. Tocamos dos sets con un pequeño descanso en el medio. El primero suele ser más tranquilo, y el segundo, mucho más ruidoso. Creo que los conciertos largos nos dan espacio para tocar canciones diferentes cada noche: temas viejos, nuevos, versiones. Eso nos permite ser muy espontáneos”.

En ese juego de contrastes —tranquilidad y ruido, repetición y sorpresa— se sostiene gran parte del misterio de Yo La Tengo. Una banda que, sin proponérselo, terminó construyendo una obra donde lo íntimo y lo expansivo conviven sin conflicto. A lo largo de los años, aprendieron a desaparecer del centro. No pelean por ocupar espacio ni parecen interesados en explicar su relevancia. Su influencia, que atraviesa generaciones y escenas enteras, funciona como esas melodías que se te quedan grabadas sin recordar de dónde salieron. No hay estruendo fuera de las canciones, pero dentro de ellas todo tiembla.
Esa aparente calma es, en realidad, una forma de intensidad. Cuando Ira Kaplan rasga la guitarra hasta convertirla en un bloque de estática, lo hace con la misma suavidad con la que luego canta una balada mínima. Georgia Hubley sostiene ese vaivén con una batería que nunca parece dominar el tiempo, sino acompañarlo, como si respirara con él. James McNew completa el triángulo con un bajo que se mueve como una sombra, sutil pero decisiva.
Cuando la conversación deriva hacia And Then Nothing Turned Itself Inside Out, el disco que cumplió 25 años este último febrero, James viaja en el tiempo con precisión casi cinematográfica. “En esa época teníamos una sala de ensayo en Jersey City, Nueva Jersey, entre 1999 y 2000. Hoy Jersey City está llena de rascacielos, condominios, autos caros… pero en aquel entonces era completamente distinto: galpones viejos abandonados, supermercados vacíos, edificios derrumbándose. Era otro momento, con una energía totalmente diferente. El edificio donde escribimos todas las canciones de ese disco ahora es un hotel enorme y elegante, con autos de lujo estacionados afuera. Es rarísimo”.
A medida que describe esa transformación del paisaje, parece hablar también de cómo el tiempo reconfigura las canciones. Hasta entonces, su sonido había oscilado entre la distorsión efusiva y la delicadeza pop; acá, esa dualidad encuentra una pausa celestial. La banda se sumerge en un ritmo más lento, casi contemplativo, y desde ahí logra capturar el pulso invisible de la vida compartida, ese lenguaje secreto que solo existe cuando dos personas aprenden a escucharse.
Canciones como “Our Way to Fall” o “Last Days of Disco” se mueven en ese instante previo a cuando algo está por pasar y todavía no tiene nombre. Todo vibra en el borde. La producción sutil deja que el oyente se acerque y escuche cómo se mueve el aire entre los instrumentos, cómo una guitarra apenas roza la fricción y una batería respira más que marca.

And Then Nothing Turned Itself Inside Out fue un punto de inflexión, según James: “Fue un disco inusual. Muchas canciones eran muy silenciosas, y eso fue un desafío. Pero también muy satisfactorio: trabajar en ese sonido, escribir esas canciones, introducir nuevos instrumentos, nuevas texturas, nuevas dimensiones”. Esa curiosidad es la línea invisible que une toda su discografía. James lo resume con una humildad transparente al darse cuenta que no puede escoger su favorito: “Me gustan todos. No puedo decidirme. Si elijo uno, los otros se van a enojar conmigo [risas]”. Cada disco, dice, captura una versión distinta de quiénes son.
El recorrido de Yo La Tengo comenzó en 1986 y, desde entonces, construyeron una discografía extensa de 17 álbumes. En cierto punto, funciona como una cartografía del indie rock estadounidense. Painful (1993) abrió una etapa: guitarras ondulantes, órganos en espiral y un pulso que parecía expandir el tiempo. Luego llegó I Can Hear the Heart Beating as One (1997), donde todo se volvió posible: dreampop, shoegaze, noise, bossa y silencio conviviendo en un mismo lenguaje. And Then Nothing Turned Itself Inside Out (2000) llevó esa búsqueda hacia la introspección más incandescente, mientras que Summer Sun (2003) y Fade (2013) continuaron explorando la calidez del detalle. En There’s a Riot Going On (2018), el trío alcanzó una serenidad que ya parecía parte de su naturaleza: un sonido que respira, se repliega y se abre como si el tiempo no fuera un límite sino una textura más.
En su manera de hablar se percibe que el paso del tiempo nunca implicó mirar hacia atrás. Cuando se le pregunta por May I Sing With Me (1992) —el álbum con el que se unió a la banda—, responde con sinceridad: “Hoy ya no lo escucho. Cuando estamos haciendo un disco, lo escucho millones de veces: para adelante, para atrás, cien veces seguidas. Pero cuando está terminado… está terminado. Y ya no lo vuelvo a oír”.
En esa frase hay algo esencial sobre Yo La Tengo. Cada canción es un momento vivido, no un objeto para preservar. Su música respira como una memoria que siempre se está reescribiendo, incluso después del silencio final. En This Stupid World (2023), su último álbum, Yo La Tengo suena como si el tiempo ya no les pesara. Guitarras que se estiran como pensamientos, percusiones que laten a distancia y una voz que se deja arrastrar por la interferencia sin perder la calma. Es un disco sobre el paso del tiempo, pero también sobre cómo resistirlo: seguir tocando, aunque el mundo se desmorone un poco más cada día.
A esta altura resulta difícil pensar en Yo La Tengo sin imaginar esa mezcla de juego y concentración que define su modo de hacer música. James habla lo que lo motiva a seguir creando con una sencillez que desarma cualquier teoría. Lo dice sin buscar metáforas, hacer música juntos sigue siendo una costumbre que, con los años, se volvió también una forma de amor: “Es divertido, muy divertido. Nos encanta. Es satisfactorio, desafiante. Nos gusta estar juntos, hablar, hacer música juntos. Es simplemente nuestra vida”.
Esa última frase —“es simplemente nuestra vida”— resume un modo de estar en el mundo. La continuidad de Yo La Tengo no se explica por la persistencia o la estrategia, sino por una forma de disfrute que se volvió hábito. James lo dice como quien describe una conversación cotidiana entre amigos, pero detrás hay algo más profundo: una manera de entender la creación como parte de la convivencia. “Hacer música juntos siempre nos resultó algo natural. Nunca tuvimos una banda para ser ricos o famosos. Lo hicimos porque amamos la música, y porque nos queremos. Nuestros objetivos fueron otros, y creo que eso tuvo mucho que ver”.
Esa armonía también se traslada a la vida en movimiento. James encuentra placer en los pequeños gestos de las giras, en lo que sucede cuando los shows se apagan y queda el eco del viaje. “Me encanta tocar, pero también caminar por ciudades donde no vivo. Disfruto visitar librerías en países donde no conozco bien el idioma, ir a mercados o supermercados y fingir que vivo ahí. Imaginar cómo sería hacer las compras, elegir comida en un lugar donde no pertenezco. Me divierte mucho”. En esa imagen —James observando un estante de productos desconocidos, jugando a ser otro— aparece algo muy Yo La Tengo: el impulso de habitar lo ajeno sin domesticarlo.
La conversación deriva hacia otras formas de arte, y el tono se vuelve íntimo. Habla con admiración sobre su compañera de banda, Georgia: “Es una pintora brillante. Viene de una familia de artistas increíbles, y eso siempre me inspiró a interesarme más en el arte, a dibujar y pintar por mi cuenta”. En su voz se percibe un respeto sereno, como si cada proyecto compartido fuera también una extensión del sentimiento que los une.
Esa apertura explica por qué Yo La Tengo nunca se detuvo en un solo sonido. En lugar de perseguir una identidad fija, la banda elige reinventarse. James lo define con claridad: “Es algo que nos interesa mucho. No nos gusta repetirnos. Nos encanta tocar covers de otros artistas. Empezamos así, tratando de aprender las canciones de las bandas que admirábamos. Y todavía nos divierte, porque te permite ver cómo piensan otros músicos, cómo toman decisiones al escribir. Eso nos mantiene curiosos, con ganas de probar nuevas formas de hacer música. Seguir creciendo y cambiando siempre es importante”. Ahí está, quizás, la clave de su permanencia: la música como conversación que nunca se cierra. Un diálogo entre tres personas que, desde hace décadas, se siguen sorprendiendo de lo que pueden hacer juntos.
Yo La Tengo se presentará el sábado 1 de noviembre a las 21 h en Deseo (Av. Chorroarín 1040, CABA). Entradas disponibles a través de Venti, 25% de descuento para socios de la Comunidad Indie Hoy.
También se presentarán el domingo 2 de noviembre en el Festival Music Wins en Mandarine Park (Av. Costanera Norte y Sarmiento, CABA). Entradas disponibles a través de Venti, 25% de descuento para socios de la Comunidad Indie Hoy.









