Foto: Mike Segar/File Photo/Reuters

Luego de tantas especulaciones, el escritor británico Kazuo Ishiguro se convirtió en el Nobel de Literatura 2017.

Famoso por una narrativa que, según la Academia Sueca, presenta una “gran fuerza emotiva que permite descubrir el abismo bajo nuestro sentido ilusorio de conexión con el mundo”, el autor nacido en Japón (pero que se desarrolló en Inglaterra desde los 6 años), recibió este jueves a un grupo de periodistas con absoluta sorpresa tras enterarse de la noticia. La razón era simple: no era uno de los favoritos (los grandes aspirantes eran el keniata Ngugi Wa Thiong´o y Haruki Murakami) y tampoco se tenía mucha confianza.

“Nunca me creí un candidato. Pensaba que era algo que le pasaba a los autores viejos y esto me ha hecho comprender que ya lo soy”.

El autor de Nunca me abandones (2005), empezó escribiendo guiones para televisión y relatos cortos. Tenía 24 años y su máxima ambición era la de convertirse en letrista y rockero. Fracasó en ambas tareas, pero no dejó de escribir. Tres años más tarde publicó su primera novela Pálida luz en las colinas (1981) y luego Un artista del mundo flotante (1986). Pero el gran salto sucedió con Los restos del día (1989), novela ganadora del premio Booker Prize (prestigioso galardón británico) que fue llevada al cine en 1993 con la actuación protagónica de Anthony Hopkins y Emma Thompson. Esta novela, a diferencia de las anteriores que indagan en sus orígenes, se centra en una angustia matizada por un fuerte costado psicológico que será, en adelante, un sello permanente en su obra.

A pesar de ser dueño de un estilo particular, Sara Danius, secretaria permanente de la Academia Sueca, ha logrado “aislar” los elementos que componen al reciente triunfador y en una declaración arriesgó:

“Si mezclas Jane Austen y Frank Kafka tienes a Ishiguro, pero tienes que poner un poco de Marcel Proust”.

Además de recibir el Nobel, es relevante agregar que el autor ostenta otras líneas por demás interesantes en su curriculum vitae. A saber: Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia, miembro de la Academia Estadunidense de las Artes y las Ciencias, Oficial de la Orden del Imperio británico, y Premio Helmerich (2013).

El año pasado, la elección de Bob Dylan generó un enorme revuelo al poner en tela de juicio los alcances y los límites de la literatura. Un año antes, en 2015, la premiada fue Svetlana Alexievich, otra figura que estrictamente no pertenecía al mundo de las bellas letras: es periodista. Para la tranquilidad de los más conservadores, la elección de Ishiguro supone un regreso a las raíces más clásicas de la escritura con sus obras que vuelven constantemente al pasado para arreglar cuentas con la tristeza.

En estas semanas, los libros del autor que se hará acreedor de 1.1 millones de dólares, coparán las calles y provocarán una previsible “Ishiguro manía”. Es posible que en unos días encontremos ediciones novedosas de sus títulos con estudios críticos o versiones aumentadas, ejemplares accesibles en los puestos de diarios (que de a poco empiezan a desplazar a las librerías) y todo tipo de notas y entrevistas. Hasta que toda esa fiebre sane y anuncien al ganador del Nobel 2018… y todo vuelva a empezar. ¿De eso se trata, no?

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