El último ha sido un año bastante fecundo para Sofía Álvarez Watson, artista visual, dibujante e historietista nacida en Pasto, Colombia y radicada en Argentina desde 2012. A fines de 2017 nos deslumbró con Un beso así (Musaraña, 2017), una conmovedora historia de amor basada en una experiencia propia. Y, recientemente, presentó dos títulos más: Sofía y los animales, un libro de pinturas editado a todo color por Galería Editorial y Tres veranos, del prolífico sello local Maten al Mensajero.

Con solo hojear las primeras páginas de este último, podemos dar cuenta de que La Watson continúa militando el minimalismo tanto en su estilo gráfico como narrativo. El dibujo infantiloide, los plenos y las figuras de línea son algunos de los rasgos retóricos que caracterizan su trabajo. Pero lo que quizás más llama la atención en Tres veranos es que apuesta por narrar las partes más minúsculas de historias reconstruidas a partir de recuerdos propios y ajenos; de momentos vividos y también imaginados. Agrupados bajo títulos tan simples como evocadores, los microrelatos que lo componen describen sucesos aún más diminutos: se desarrollan, a lo largo del libro, acciones simples como dar abrigo, regar las plantas o cortar una flor; todo en un registro de historieta muda que se sostiene en las posibilidades expresivas del dibujo.

Las tres abuelas de La Watson, Paulina, Ruth y Betty, fusionadas en el libro en una sola, son las protagonistas –junto con ella- de este relato autorreferencial sobre una forma de amar que se traduce en pequeñas acciones. Tomar el té en compañía, dar un paseo por el jardín o compartir una sopa casera pueden evocar el más genuino de los afectos. Allí mismo, en el recuerdo de las pequeñas labores cotidianas, La Watson parece hallar la materia prima de sus historias tan sensibles como verdaderas. Pero, en este caso, lo vivido, lo experiencial, se matiza con lo imaginario. ¿Por qué no poner en presencia una ausencia a través de lo imaginado? Así encara, por ejemplo, la historia de su abuela Paulina, mamá de su papá, que nunca llegó a conocer. ¿Y por qué no hacerlo describiendo espacios, climas y pequeños gestos en lugar de narrarlo a través de personajes con psicologías más complejas?

La impronta experimental de Tres veranos radica justamente en esa sencillez que no deja de ser intensamente expresiva, en gestos diminutos que se dilatan, en esa insistencia en el detalle que se mantiene a lo largo de las páginas. Aquí, lo cotidiano se presenta repartido en sus unidades mínimas -imágenes, sonidos, temperaturas-, y se transcribe en un dibujo de trazo simple, en viñetas en las que aparecen, apenas delineados, objetos, miradas y paisajes que habitan ese vínculo entre abuela y nieta. El bloqueador solar, la canasta o el saquito de té no son, en este caso, agregados accidentales o accesorios; aparecen como imágenes que hacen al sentido del relato y que habilitan esa conexión tan palpable con los recuerdos más primarios.