Existe una frase, comúnmente atribuida al filósofo griego Heráclito, que dice: “Lo único constante es el cambio”. Estas palabras se vuelven práctica cuando se trata de Julia Barreña, la artista detrás de Sucia y Seca. Desde el inicio de su carrera, ubicado en algún punto indefinido de 2020, su imagen mutó una y otra vez mientras exploraba los límites de la experimentación entre la electrónica y lo alternativo, perfeccionando la propuesta sonora de su proyecto.
Durante los últimos cinco años, mientras se sucedían cambios de tintura y cortes de pelo, acumuló cosecha tras cosecha de canciones, produjo sus propios videoclips y realizó esporádicas presentaciones en vivo. El recorrido de esta música nacida en City Bell no fue necesariamente vertiginoso: no hubo ascensos meteóricos ni momentos virales, pero sí constancia. Y en ese andar a su propio ritmo, fue dándole forma a una identidad.
Llegó hasta acá manteniéndose fiel a ciertos parámetros que hoy la definen: los sintetizadores no solo marcan el pulso, sino que son el corazón de su obra; su voz, capaz de adoptar múltiples colores, funciona como una capa más de sonido que se intercala y dialoga con las demás; y la poética —rica en el uso de parónimos, confesional y con ribetes de misterio— tiene un carácter deliberadamente central en la terminación de sus canciones.
A esta altura del partido, decir que Julia fue una pieza fundamental de Isla Mujeres suena un tanto desactualizado, pero no deja de ser un dato relevante. Entre 2015 y 2020 le puso voz y teclados al grupo platense, participando en la grabación del EP debut Naturalia (2015) y de los discos Otras (2017) y Secreto (2020). Hoy lleva prácticamente la misma cantidad de tiempo invertido en su proyecto solista, y los frutos están a la vista.
Sucia y Seca acaba de lanzar Una verdad por día, su tercera producción: ocho canciones que se encadenan sutilmente de principio a fin y conforman su trabajo más orgánico hasta el momento. El hilo conductor que enhebra las piezas no es un elemento fijo, sino que varía. Solo a veces se apoya en la música o en palabras que van y vienen; mayormente tiene que ver con un estado de ánimo que flota por todas partes, una certeza de que es posible abrir la puerta y salir: de lugares, de situaciones, de donde sea necesario irse.
“Para mí es tener paciencia, abordar lo chiquito, no flashar tanto con los absolutos sin dejar de soñar cosas. No soltarle la mano a la confianza en que se pueden hacer mejor las cosas, pero batalla tras batalla (como la peli)”, explica sobre el título. “La verdad puede ser la belleza, pueden ser caídas de fichas, autocrítica, y cada quien lo sabe (o no) al final del día: con su trabajo, lo que ama, lo que odia, etcétera”.
Controlar recursos, mejorar resultados
La producción de Una verdad por día fue abordada junto a Francisco Labaqui, alias Fraxu, bajo la premisa de “menos es más”. A diferencia de sus trabajos anteriores —el EP Derrama (2020) y Aro (2023)—, apostaron por un sonido más limpio, reduciendo el espacio para experimentos con ecos o distorsiones. “Me propuse que lo hagamos más despejado, dándole preponderancia a las voces. Quizás es madurez o solo una búsqueda”, señala Julia, y compara: “Aro fue un disco más cargadito de capas sonoras”.
A la hora de citar referencias para la dirección que tomaron junto al productor de Limbo Estudio, menciona a Joyaz —otro proyecto que también tiene su base operativa en City Bell— y a la cantante española de reggaetón Bad Gyal, quienes suelen acompañarla en los auriculares durante sus viajes en colectivo.
El refinamiento aplicado a la parte musical también llevó a que la lírica fuera trabajada con mayor detalle: “Hubo una corrección un poco más fina de las letras, siempre intentando unirlas con un correlato, aunque no sé bien cuál es; estando metida en la obra me cuesta tomar distancia para conceptualizar”.

Este disco no es un instructivo para sobrevivir al desgaste emocional de ser millennial, pero, en su justa medida, cada tema contiene una clave, un secreto o una revelación. Ella cuenta que, al escribir, intenta correrse de la costumbre de hablarse a sí misma. “Busco una voz que me identifique con un grupo; por lo general, son mis amigas, chiques de mi edad con preguntas sobre la existencia, el futuro, lo cotidiano, las cosas que nos oprimen y los posibles escapes transitorios en conjunto”.
Las voces fueron grabadas en Pierrot, el estudio de su hermano, el técnico de grabación y productor musical Pancho Barreña. “Es cómodo porque, además de saber un montón, hay confianza para trabajar y puedo jugar creando con libertad”, apunta Julia. “Con Fraxu me pasa lo mismo, pero, claro, al ser mi hermano tiene un componente emocional más fuerte, también porque los Barreña somos todos sensibles”.
Cantar es solo uno de los medios que tiene la voz para interpretar los textos. Muchas de estas canciones terminan de amalgamarse gracias al uso de exclamaciones, repeticiones y susurros, que por momentos dan la impresión de estar escuchando un monólogo interno. Pero el recurso mejor utilizado son las narraciones habladas, una huella estilística que Julia ya trabajaba en Isla Mujeres y que profundizó en su carrera solista. Basta con chequear el estribillo de “Tacto” o “Stalker” para comprobarlo.
La noche lo cambia todo
La portada es obra del dibujante Juan Vegetal: un mosaico de ilustraciones de distintos tamaños que ofrece un correlato visual a la temática de las canciones. Dentro del conjunto, la silueta de un lobo aullándole a la luna, una Julia caracterizada como mujer vampiro o un grupo de flores nocturnas no aparecen allí por antojo; todas remiten al poder transformador que ejerce la noche sobre la vida y sobre las personas.
Esta idea impregna casi la totalidad del disco, pero se vuelve especialmente evidente en “Hocico de loba”, quizás la canción bailable más vibrante de esta tanda, donde enumera una serie de transformaciones (mariposa, tesoro, humana) y culpa al sol por desafinar su piano. “El vampiro”, única pieza grabada solo con guitarra y voz, avanza en esa misma dirección cuando habla de mostrar un lado que puede ser valeroso, equivocado o dulce, y arriesga una explicación simple para algo complejo: “A lo mejor todo estaba al revés y sólo había que darlo vuelta”.
“Antes de la primavera” es una balada electrónica con teclas que emulan un lúgubre clavicordio para generar una atmósfera de melodrama. Describe un anhelo que toma fuerza en el desvelo, entre silencios y contemplación. La letra deja poco lugar a segundas interpretaciones: “No quiero ser importante, quiero ser solo un instante”.
Una pluma embebida de sensibilidad escribe un puñado de nuevas canciones, ideales para bailar hasta que salga el sol o hasta que desaparezca la ansiedad. Lo que suceda primero.
Una verdad por día está disponible en YouTube.









