Foto: Facebook de King Crimson

El 8 de octubre King Crimson terminaba de demoler el Luna Park tras casi tres horas de show, y solo había una discusión posible: cómo explicar semejante evento. Porque la cuestión no es si Adrian Belew tendría que haber sido o no parte de esta nueva encarnación, si la performance vocal de Jakko Jakszyk le hizo justicia al material de aquella época dorada de la banda, o si esta loca idea que tuvo Mr Fripp de plantar tres baterías al frente del escenario era el único modo de reemplazar a Bill Bruford. Cómo inscribirlo en lo terrenal, ese es el dilema que surge. Porque ni bien esta Bestia de Siete Cabezas entró en acción, las cinco décadas que celebra la banda y que sirvieron de contexto para el 50th Anniversary Tour, adquirieron un carácter surrealista. La primera visita del Rey Carmesí fue en 1994, en su tercer reagrupamiento con aquel célebre doble trío, y desde entonces no volvimos a tener Crimson como tal en suelo argentino (hubo intenciones cuando se confirmó la reunión en 2014, pero no logró concretarse). A eso podemos sumarle que no graban en estudio desde 2003. Cuestión que Fripp y cía vuelven 25 años después, de traje y con pelo canoso. En la teoría, unos señores con mayúscula que tocan música de los 70. En la práctica, unos distintos que siguen hablándole al futuro.

Conquistar a las nuevas generaciones, a «oídos inocentes» que nunca hayan visto a Crimson en vivo. Esa es, en parte, la misión que se propuso Robert Fripp cuando rearmó la banda por vez número… ocho. Y para eso imaginó un dream team a su medida: de la vieja guardia, el descomunal Tony Levin (maestro del chapman stick y bajista de Crimson desde 1981), el saxofonista y flautista Mel Collins (clave en el sonido de la banda a comienzos de los 70) y el legendario Pat Mastelotto, miembro de la corte desde 1994. Completan la formación el vocalista Michael «Jakko» Jakszyk, y los bateristas Gavin Harrison (ex Porcupine Tree) y Jeremy Stacey, quien ingresó en 2016 tras la partida de Bill Rieflin. Musicalmente, es la primera formación capaz de abrazar en su totalidad el extenso repertorio de la banda, y en ese plan, encararon la gira con ¡50! temas ensayados. Todo muy lindo pero el mítico Belew, frontman y guitarrista de la agrupación durante 33 años, no fue convocado para esta celebración. Difícil que esa decisión no hiera susceptibilidades, sobre todo cuando los motivos no quedan claros. Pero el que avisa no traiciona, y Fripp siempre remarcó que más que una banda convencional, Crimson es una manera de hacer las cosas… a su manera. En cualquier caso, si no fuera por esta rara avis tan porfiada, la banda se hubiera extinguido hace tiempo. Sobre el escenario, sin embargo, no hay líderes. Ahí King Crimson funciona como un colectivo, una entidad al servicio de la música.

¿Y cómo conquista este King Crimson a las nuevas generaciones? No adaptándose a ninguno de sus códigos, e imponiendo los propios: prohibido sacar fotos durante el show, ni hablar de filmar videos, y cualquier dispositivo de grabación audiovisual podrá ser retenido en caso de incumplimiento. Así lo advertían amablemente dos carteles ubicados delante de los instrumentos, y podía leerse también en las pantallas laterales. Por si no quedaba claro, venía impreso en el programa del concierto y la voz del mismo Fripp lo anunciaba a través de los parlantes. Tampoco había proyecciones, máquinas de humo, parafernalia escénica ni iluminación cambiante. Solo un lienzo gigante al fondo del escenario, y una única puesta en clave azul que recortaba las siete siluetas como en alguna escena perdida de Blue Velvet. Esta depuración venía justificada por la filosofía crimsoniana del «show único e irrepetible,» y la premisa se cumplió a rajatabla. «Cardíacos abstenerse,» les faltó aclarar, porque ver a Crimson en vivo es lo más parecido a salir de gira con Dr Jekyll y Mr Hyde. Para completarla, arrancaron el tour de force con un triple solo de batería. Señor Fripp, usted es diabólico.

A priori, esta máquina de detonar cerebros que ideó Fripp podía parecer solo eso, un capricho efectista; pero enseguida encontró justificación en el diálogo vertiginoso que propusieron estos tres animales de la percusión. Lejos de aburrir, fue imposible quitarles los ojos de encima, aun cuando cada golpe estuviera ejecutado con precisión matemática. Sabia decisión la de dividir el concierto en dos bloques, con veinte minutos de intervalo en el medio. Porque después del primero, hubo que digerir, acomodar toda esa data en el disco duro emocional y liberar espacio para que entre el segundo. Y claro, habían pasado «Cirkus» (acaso la canción más aterradoramente bella que haya firmado Crimson), la arrasadora «Red», un combo de «Epitaph» y «Moonchild» que le hubiese puesto la piel de gallina hasta al mismo Greg Lake, seguido de «Larks’ Tongues in Aspic (part IV)» e «Islands». Quizás a los «oídos inocentes» se les haya escapado, pero Jakko Jakszyk tenía como desafío capturar la impronta de cinco cantantes diferentes. Nada sencillo, pero estuvo a la altura y logró emocionar. ¿Se le perdona que su lectura de «Indiscipline» haya transformado el spoken word rígido de Belew en una caricia melódica? Sí, claro.

Además de ser el nexo entre Gavin y Mastelotto, Jeremy Stacey tuvo un rol clave en los teclados, y merece una mención aparte. Pero Mel Collins… lo que hizo el histórico Mel Collins en los vientos todavía debe estar resonando en la memoria emotiva de muchos, ahí donde para grabar no hace falta ningún dispositivo. Y si el primer bloque había sido sublime, el segundo excedió toda lógica. «Easy Money», «Larks’ Tongues in Aspic (part II)», y a más de uno se le habrá piantado un lagrimón con «The Court of the Crimson King» o el posterior broche de oro con «Starless», único momento del show donde hubo un cambio en la iluminación, y el escenario se tiñó de un rojo profundo. Aplausos de pie.

La vanguardia es así, diría García. No hay nada más anti-crimsoniano que la nostalgia, y en pleno 2019 King Crimson demostró que puede honrar su legado sin caer en un mero ejercicio de añoranza. Si el mismo Fripp asegura que esta encarnación es la mejor banda en la que ha estado, mucho más no queda por agregar. La bestia se mueve hacia adelante. ¿Y qué habrán sentido los «oídos inocentes» cuando llegó el bis con la épica «21st Century Schizoid Man», ese primer rugido del rock progresivo que nació hace 50 años y que hoy te sigue pasando por encima como una topadora? Habría que preguntarles. Seguramente algo muy parecido a lo que pasó en 1969, ese 10 de octubre en que el debut discográfico del Rey Carmesí llegó para romper con todos los esquemas. El vértigo ante lo desconocido. Quizás se hayan entregado de lleno a ese éxtasis que produce la guitarra lacerante de Fripp cuando impacta sobre los tímpanos, o puede que todavía estén tratando de entender qué pasó en esos once minutos, si lo que presenciaron fue una canción impresionante o un encuentro cercano del tercer tipo. En cualquier caso, qué envidia. Hermosa forma de perder la inocencia.