Discos
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20/05/2022

Rosalía – Motomami

En su tercer disco, la estrella pop española despliega un audaz collage de géneros, sensaciones y técnicas de producción que la ubican como referente ineludible del presente y el futuro de la música popular.

Después de El mal querer (2018), Rosalía comenzó a publicar colaboraciones con prácticamente cada artista en boga de la escena urbana. Motomami, su tercer disco publicado cuatro años más tarde, es el resultado inevitable de semejante ejercicio de feats. A la catalana le gustó eso de perrear despreocupadamente de tanto juntarse a cantar con J Balvin, Bad Bunny, Daddy Yankee y Ozuna, entre otros, y atrás quedaron esos pesados hilos conceptuales sobre la muerte y el maltrato que hilvanó en sus trabajos en solitario. Atrás quedó también, aunque no del todo, la influencia flamenca para darle lugar a las bases de reggaetón.

Rosalía ahora tiene más ganas de divertirse y pasarla bien. Pero, como estamos hablando de una gran artista, eso no significa que se haya vuelto comercial, simple o banal. Nada más alejado de eso: si bien la producción es bastante minimalista, Motomami es un disco enorme, complejo y digno de minucioso desmenuzamiento, como lo demuestran los numerosos análisis de internautas en cualquier plataforma, soporte o red social existente.

Si bien el reggaetón se apodera de casi la mitad del disco, Motomami se presenta y se siente como un gran collage que se nutre de contrastes y dualidades, cargados de detalles que rompen con las reglas del género. No solo se trata de contrapuntos en arreglos y técnicas de producción que hacen de algunos tracks una especie de juego de muñecas rusas, también se genera un sube y baja emocional muy fuerte, con un tracklist que invita a perrear e instantáneamente a llorar, o las dos cosas al mismo tiempo, como en la hermosísima “Candy” (y ni hablar del video que multiplica la melancolía con una referencia a Perdidos en Tokio, esa gran película de Sofía Coppola). Rosalía continúa usando el recurso de aplicar filtros sobre la base musical para poner bien al frente su voz al desnudo y contar una historia, en este caso de desamor, con resultados abrumadores.

Foto: Columbia

La lista de temas entonces es un torbellino en todo sentido. Hay bachata junto a The Weeknd, quien canta en español y sorprende por su parecido vocal con Romeo Santos en La fama, hay flamenco con palmas y autotune en “Bulerías“, una versión del bolero cubano de Justo Betancourt mechado con un sample de rap en “Delirio de grandeza“, y varias baladas de las cuales se destaca “Heitai” por la ocurrencia y el sentido del humor de componer una canción delicada digna de una banda sonora de Disney para cantarla con una letra hípersexual y vulgar a los oídos moralistas de unos cuantos. Y hacia el final y de la nada, drums en modo metralleta para mayor desconcierto.

Más allá de las variedades y reformulaciones estilísticas, Motomami es un collage en términos formales. Apenas dos canciones de las quince superan los cuatro minutos y todo sucede muy rápido. Es un disco moderno, reflejo de estos tiempos en que el consumo cultural es instantáneo y fragmentario al punto de que editar un LP hoy en día cada vez tiene menos sentido. Los cambios de ánimo de canción en canción también pueden ser entendidos como un espejo de lo inestables que pueden ser nuestras rutinas en un mundo frenético y difícil de habitar.

Otro gesto moderno es el bombardeo de referencias globales tan disímiles, dentro y fuera del mundo de la música. Esto genera una dispersión enciclopédica que te lleva a investigar, a googlear para profundizar, abre links por todos lados (el dembow “La combi Versace” junto a Tokischa es el epítome: no hay nombre del mundo de la moda actual sin mencionar). Escuchar Motomami es como scrollear en TikTok. No por nada, hace un mes Rosalía hizo una presentación del disco a través de esa red social, una versión aún más concisa para ajustarse a los formatos de consumo dominantes.

Lo bueno, si breve, dos veces bueno dicen. Aún así, hay tracks como “Saoko“, un reggaetón sucio que muere a los dos minutos sin llegar a explotar y, sobre todo, la formidable deformidad de “CUUUUuuuuuute“, con esa base tecno oscura y arreglos de percusión que alternan entre una samba y –otra vez- la metralleta, que pueden dejar bastante manija deseando una versión extendida, o incluso un remix. Hacia la mitad de la canción se corta el clímax agresivo con un puente en modo balada nostálgica que pide por mariposas y las baja de un hondazo, resumiendo así el espíritu de bipolaridad emocional de todo el disco. Y de paso, deja en claro que Rosalía puede hacer lo que quiere. Ese talento, que también es una actitud, la llenó de reconocimiento pero también recibió –y recibe- hate de lo más virulento. Las letras eme del arte de tapa Motomami forman las alas de una mariposa y se instalan como logotipo. Estos insectos se pasean por varias letras ya desde “Saoko”, el primer tema: “Yo soy muy mía, yo me transformo/ Una mariposa, yo me transformo”. Rosalía se transforma y hace lo que quiere. Y los de afuera son de palo.

Junto a Rosalía, una larga lista de productores pusieron su granito de arena en Motomami: El Guincho, Pharrell Williams, Frank Dukes y The Weeknd, entre otros. Pero es ella la que manda, ningún gran nombre opacó su impronta a lo largo del trabajo y eso demuestra que no es un producto comercial títere de algún hombre de estudio como mucha gente acusa. Con esta nueva producción, a fuerza de osadía y frescura, Rosalía se alza para marcar una generación –ya sea por el revuelo a favor pero también en contra- y abrir moviendo hacia adelante la cancha de juego en el terreno de la música popular moderna, como alguna vez lo hicieran Madonna y Lady Gaga (la imagen, las visuales y el vivo de Rosalía también son un interesante universo a explorar pero que excede estas líneas).

Que sea la primera vez que una artista hispanoparlante alcance tal magnitud rompiendo la barrera idiomática. Una prueba irrefutable es el impresionante promedio de 94 (sobre 100) que Motomami sacó en Metacritic, la página que recopila las críticas de los medios anglosajones que manejan el gusto del mundo entero. El ejemplo más cercano en español es El madrileño de C. Tangana y ni siquiera figura en la plataforma. Eso ya es todo un acontecimiento digno de orgullo y festejo.

Escuchá Motomami de Rosalía en plataformas de streaming (Spotify, Apple Music).