Treinta y cinco años después de su publicación, Whirlpool volvió a convertirse en el centro de la vida de Chapterhouse. El álbum debut del grupo británico llegó en 1991 y terminó consolidándose como la obra más reconocida de una discografía breve pero decisiva para entender a aquella generación de bandas que llevó las guitarras hacia territorios cada vez más atmosféricos.
Esa historia llegará a la Argentina el próximo octubre, cuando el grupo se presente en Mar del Plata y Buenos Aires como parte de la gira aniversario. “Lo hacemos de principio a fin, respetando el orden en el que aparece en el álbum. A la gente le gustó mucho escucharlo de esa manera porque, supongo, es una forma distinta de plantear un show en vivo. Después hacemos un segundo set con algunas de nuestras canciones favoritas, lados B de aquella época y un par de temas de Blood Music”, anticipa el guitarrista y vocalista Andy Sherriff en conversación con Indie Hoy.
El camino hacia Whirlpool
Volver sobre un disco también implica reencontrarse con el tiempo que lo produjo. Whirlpool apareció en una Gran Bretaña atravesada por transformaciones culturales y musicales, apenas unos años antes de que internet modificara definitivamente las formas de descubrir, escuchar y compartir música. Para Sherriff, la distancia de más de tres décadas hace que aquella etapa se perciba hoy desde un lugar inevitablemente diferente.
“Fue una buena época. Creo que principios de los 90 fueron años bastante optimistas. Ahora siento que hay muchas más cosas de derecha dando vueltas y, políticamente, la situación no está tan bien. También hay más guerras. Sé que en los 90 también había guerras, pero en general se sentía como una época más positiva. Y, además, supongo que era una época previa a internet”.
Incluso antes de escuchar una canción, el título del álbum proponía una imagen capaz de traducir físicamente la música de Chapterhouse. Whirlpool —“remolino”— terminó siendo una palabra particularmente precisa para un disco construido a partir de capas de guitarras, melodías que emergen entre el ruido y una producción interesada en envolver al oyente antes que ofrecerle un único punto de referencia. “Una imagen abstracta de ese sonido girando a tu alrededor. Se sentía natural y quizás también un poco peligroso”, explica Andy.
Cuando Chapterhouse llegó a Whirlpool, la banda ya había empezado a construir su identidad a través de los primeros singles y de un recorrido en vivo que la había conectado con una escena británica en plena ebullición. El álbum permitió reunir y ampliar ese lenguaje en un formato de larga duración, convirtiéndose en la fotografía más completa de aquellos primeros años del grupo. Detrás de esa unidad, sin embargo, hubo un proceso de grabación bastante menos lineal.
“Se extendió durante un período bastante largo. Empezamos grabando en UHF, en Rugby, que era donde grababan Spacemen 3. Después fuimos pasando por distintos lugares y mezclando el material. No se grabó todo en un mismo lugar, que es lo que hubiéramos preferido. Quizás por eso el disco suena diferente, pasa de un lugar a otro. ‘Pearl’ se grabó en el mismo estudio que ‘Breather’, así que esas dos canciones tienen un sonido bastante parecido, muy brillante y pop. Usamos la misma consola que habían usado los Sex Pistols en Never Mind the Bollocks. The Human League también había grabado con esa consola”.

El shoegaze de ayer y de hoy
El paso del tiempo terminó alterando considerablemente la escala de aquella historia. Un movimiento que a comienzos de los noventa ocupaba un espacio relativamente acotado dentro de la música alternativa británica encontró, décadas después, una audiencia que sus protagonistas difícilmente podían anticipar. Internet permitió que discos separados de sus nuevos oyentes por más de una generación circularan fuera de su contexto original, mientras el término shoegaze comenzaba a aparecer alrededor de artistas surgidos a miles de kilómetros y muchos años de distancia de aquella primera escena.
“En aquel momento jamás hubiera imaginado que Whirlpool terminaría teniendo el impacto que tiene hoy. Supongo que los jóvenes están buscando estilos de música diferentes. El shoegaze parece conectar mucho con ellos. De hecho, se volvió más grande de lo que era en aquella época. Creo que a los jóvenes les gusta que no sea agresivo. Es bastante calmo y ambiental. Puede ser ruidoso, pero no es agresivo”.
“Creo que, en parte, es el sonido. La música todavía genera algo en la gente. Sigue sonando bastante fresca, aunque tenga 35 años. Y después están las canciones. En realidad, son canciones pop, pero están disfrazadas entre todo ese ruido. Algunas son bastante pegadizas. Creo que esa combinación de distintas cosas hace que el disco siga sonando fresco”.

La expansión también transformó el significado de la palabra que terminó agrupándolos. “Shoegaze” nació en la prensa musical británica antes de convertirse en una categoría reconocible a escala internacional y, con los años, sus fronteras se hicieron considerablemente más amplias. Para quienes estuvieron allí durante su formación, hablar del género implica volver a un momento en el que la etiqueta remitía a un círculo mucho más pequeño de bandas.
“Es curioso porque ahora el término se usa para describir muchísima música. Pero en aquel momento, en realidad, eran Ride, Chapterhouse, Lush... apenas un puñado de bandas. El otro día se lo estaba explicando a alguien que no conocía el género. Le decía que se trataba de bandas que quizás no se sentían tan cómodas sobre el escenario como otras. De alguna manera, el shoegaze suele atraer a personas un poco más tímidas, que no necesariamente son grandes performers. Es casi lo opuesto a poner el pie sobre el monitor y ponerse a rockear. Eso me gusta”.
Treinta y cinco años después, “shoegaze” designa un territorio considerablemente más grande que aquel que Chapterhouse compartía con unas pocas bandas británicas. “Probablemente no conserve el mismo espíritu. Creo que lo que sucede ahora es genial, está buenísimo, pero hoy existen muchísimos subgéneros diferentes. Está el folk-gaze, el metal-gaze y toda clase de variantes”, explica Andy.
“Ahora es algo mucho más amplio. En aquel momento era algo muy pequeño que fue creciendo y creciendo. Y no estoy diciendo que las bandas actuales de shoegaze no sean igual de buenas: lo son. Simplemente es diferente porque ahora hay muchísimas direcciones hacia las que podés llevar el género”.
La segunda vida del shoegaze también convirtió a Chapterhouse en referencia para una generación de músicos que llegó al género décadas después de su primera explosión. Bandas jóvenes recuperan hoy las texturas, el tratamiento de las guitarras y la sensibilidad de aquella camada británica, mientras Whirlpool aparece citado como uno de los discos desde los cuales seguir rastreando ese sonido. Para sus protagonistas, esa influencia comienza a hacerse visible en encuentros con artistas que alguna vez los descubrieron como oyentes.
“Es genial. Es lindo escucharlo. Me mandaron un link a una publicación de Instagram de una banda joven llamada She's Green y ahí nos mencionaban a nosotros y al disco. También fue muy lindo poder salir de gira con ellos: compartieron la mitad de nuestra gira por Estados Unidos. Es genial saber que ahora hay gente realmente interesada en nuestra música y que, además, son jóvenes”.
La escena de Reading: un punto de encuentro
Chapterhouse comenzó a tomar forma en Reading a finales de los ochenta, lejos de cualquier manifiesto que delimitara qué debía sonar moderno o qué referencias pertenecían al pasado. Como ocurrió con buena parte de aquella generación británica, su educación musical se construyó acumulando discos de épocas diferentes, en un momento en que las fronteras entre psicodelia, post-punk e indie comenzaban a ofrecer nuevas posibilidades para una banda de guitarras.
“En aquella época había dos tipos de música que realmente nos inspiraron a empezar. Por un lado, escuchábamos muchísima música de los 60: The Velvet Underground, The Stooges, The Byrds, Bob Dylan, The Beatles, The Rolling Stones. Pero, al mismo tiempo, también escuchábamos música indie contemporánea como Echo and the Bunnymen, Cocteau Twins, The Smiths y muchas otras bandas. También cosas como The Pastels y Primal Scream cuando recién empezaban, todas esas bandas de Glasgow y Escocia. Era un abanico bastante amplio”.
Aquello que posteriormente sería reconstruido como una escena con identidad, nombres propios y discos fundamentales fue, para quienes lo protagonizaron, una experiencia bastante más cotidiana. Reading funcionó como uno de sus puntos de encuentro, mientras Londres ofrecía un circuito de salas donde músicos y público coincidían constantemente. Antes de convertirse en una categoría capaz de atravesar generaciones y continentes, todo sucedía a una escala mucho más pequeña.
“Para empezar, en aquel momento nadie lo llamaba shoegaze. Y, en realidad, fue una escena durante un período muy, muy corto. Diría que alrededor de 1990, quizás hasta principios de 1991. Éramos amigos de Slowdive; todos éramos de Reading. Pasábamos bastante tiempo con ellos y con Moose, amigos con los que coincidíamos en Londres. Pero, sobre todo, íbamos mucho a recitales. Íbamos a shows en Camden Town, Hammersmith y también al London Underworld”.
La historia de Chapterhouse también coincidió con uno de los grandes momentos de transformación del rock alternativo. A comienzos de los noventa, escenas que habían crecido en circuitos independientes comenzaron a ocupar escenarios cada vez más grandes, y festivales como Reading se convirtieron en lugares donde podían cruzarse algunas de las bandas que estaban modificando el mapa musical de la década. Para Chapterhouse, una de aquellas jornadas terminaría convirtiéndose en una de las historias más insólitas de su carrera.
“Probablemente el Reading Festival haya sido el show más loco. Tocábamos después de Nirvana y creo que antes de Dinosaur Jr. Se suponía que teníamos que subir al escenario a una hora determinada, pero Kurt Cobain se volvió loco, se tiró contra la batería y se lastimó el brazo. Básicamente sacaron a Nirvana del escenario y nos dijeron: ‘Tienen que tocar ahora’. Faltaban unos 15 minutos. Era un festival enorme, con 70.000 personas. Tuvimos que entrar corriendo, afinar las guitarras y subir inmediatamente después de Nirvana. Fue una locura”.
Reconstruir Whirlpool en vivo, 35 años después
El regreso también recuperó una dimensión que había quedado relegada en las vidas musicales de sus integrantes. Volver a compartir una sala de ensayo y un escenario significa entonces recuperar una dinámica colectiva que pertenece a otra manera de relacionarse con la música. “Siempre estuvo ese costado de tocar que es muy divertido, especialmente el hecho de tocar en una banda. Es genial volver a estar juntos. Aunque seguimos haciendo música después de Chapterhouse, en su mayoría fue música hecha con una computadora, house o lo que fuera, música electrónica. Por eso fue genial volver a juntarnos y simplemente tocar. Sobre todo teniendo a Ashley en la batería, porque es como Animal, el de los Muppets. Es muy divertido tocar con él”, dice Andy entre risas.
Reconstruir Whirlpool en el escenario obligó a Chapterhouse a mirar más allá de las canciones que sobrevivieron naturalmente en sus repertorios. “Descubrimos que realmente seguimos confiando en ellas, que todavía conectan con la gente. Algunas llevábamos años sin tocarlas. ‘Guilt’, por ejemplo, casi nunca la habíamos tocado en vivo; creo que solamente una o dos veces. Pero como está en Whirlpool, si íbamos a tocar el álbum de principio a fin teníamos que incluirla. Al principio tenía algunas dudas, pero cuando empezamos a ensayarla nos dimos cuenta de que funcionaba realmente bien y terminamos disfrutándola incluso más que algunas de las canciones que habíamos tocado con mucha más frecuencia. Siempre aparecen sorpresas. Y en vivo son muy diferentes”.

El destino de Whirlpool terminó siendo bastante más extenso que la primera vida de Chapterhouse. La banda se separó a mediados de los noventa, pero el álbum siguió circulando durante los años siguientes, atravesando reediciones, nuevas escuchas y generaciones que llegaron a él cuando el grupo ya llevaba mucho tiempo fuera de actividad. Esa distancia entre la existencia de una obra y la de sus propios creadores terminó siendo fundamental para dimensionar hasta dónde habían llegado aquellas canciones.
“Hicimos una gira de reunión en 2010 en la que fuimos a Japón y Estados Unidos. Ahí nos dimos cuenta de que el disco seguía teniendo una vida propia, mucho más allá de lo que nosotros habíamos imaginado. Pero hacer otra gira 16 años después y ver que todo parece haberse vuelto cada vez más grande es increíble. También creo que influye que no sea uno de los primeros discos de shoegaze a los que suele llegar la gente. Primero probablemente escuchan a Slowdive o My Bloody Valentine. Entonces, cuando finalmente descubren Whirlpool, quizás sienten que encontraron algo un poco especial. Además, es ligeramente diferente de mucho del shoegaze porque algunas canciones son más rápidas y quizás más pop. Creo que por eso tiene un atractivo diferente”.
La historia suele convertir movimientos breves en épocas enteras. Aquellos pocos años de guitarras ensordecedoras, pedales y escenarios pequeños terminaron proyectando una sombra que alcanza hasta el presente, y Chapterhouse quedó para siempre dentro de esa fotografía. Pero hay algo que ninguna reconstrucción histórica puede explicar del todo: por qué ciertas canciones sobreviven cuando desaparece el mundo que las produjo. Treinta y cinco años después, Whirlpool sigue ofreciendo una respuesta sencilla: algunas músicas envejecen y otras continúan encontrando su momento.
Chapterhouse se presentará el domingo 4 de octubre a las 20 h en Niceto Club (Cnel. Niceto Vega 5510, CABA) junto a Tomates en Verano (entradas disponibles a través de Venti, 20% de descuento con Comunidad Indie Hoy). También se presentarán en Mar del Plata el 3 de octubre en Club Tri.












