01. Beach House – Bloom

2012 – Sub Pop / Bella Union

Florecer, la diferencia entre “esto es lo que soy” y “esto es lo que puedo ser”. Engrandecer, apreciar lo que es dado y atreverse a pedir más. Embellecer, encontrar el precipicio sensitivo latente y animarse a soltar. Entumecer, construir sentir para empujarlo a sus límites. Renacer, encontrarse a sí mismo en una nueva dirección.

Bloom (2012), el cuarto disco de Beach House es una demolición sensitiva. Se impuso, trascendental como la epónima canción que lo presenta, precisamente por su carácter de innecesario. Tras dos apabullantes discos introductorios, el dúo de Baltimore venía de brillar con el colosal Teen Dream (2010), un disco cuya intromisión en corazones adolescentes les valió una reconfiguración de los alcances del proyecto. No es jugado pensar que un disco como Teen Dream podría haber sido la cúspide compositiva de cualquier banda abocada a la estimulación sonora de eso que no es apriorísticamente sensorial, sino interno y relativo al alma. Sin embargo, mucho de la admiración y gratificación que uno siente hacia Beach House radica en esa poco familiar negativa a conformarse con lo que hace bien y glorifica. Matar para dejar vivir, parafraseando a Legrand, entender que la efimeridad de las cosas sólo nos empuja a apreciarlas con mayor intensidad.

Renacer siempre involucra algún tipo de muerte, la erradicación de eso que hasta que no fue desafiado dominó el presente. Pero, a diferencia de un nacer, también implica la rememoración de que ese tiempo pasado existió y de manera autónoma y, en el caso de Teen Dream, de manera feliz. Por eso no basta con nacer, nacer es fácil. Renacer requiere otro tipo de coraje, un empuje único y una apuesta símil salto al vacío. El arte se presenta como un espacio donde experimentar con formas de reinvención sin desafiar nuestra propia mortalidad. Bloom encuentra inspiración en la experiencia de la vida y paradójicamente se convierte en la más bella oda a su efimeridad. Sumergida en la infinita “Myth”, el primal interrogante persiste: “What comes after this momentary bliss?»

Bloom empieza de forma avasallante. Demanda. Demanda sentir, demanda entrega, demanda una escucha atenta y un particular set de emociones. Disponerse, mientras suenan los primeros segundos de la intro de “Myth”, se puede presentar en forma de escalofríos, incluso con un pequeño nudo en la garganta. Luego de atravesar este envión inicial donde comienza a hilvanarse la estética y matiz emocional del disco, la voz de Legrand apacigua la entrada en el primer verso. Presenta dos instancias donde parece invitar a una nueva sección (“Help me to name it”) y se mantiene en la misma estructura. Verso número dos. Victoria canta con la misma serenidad, ahora pronunciando el nombre de la pista. Y de a poco se agota la espera, se construye la tensión, y la composición encuentra su punto sensitivo más alto con un desahogo en Re. Se encuentra en una nueva dirección inesperada, exquisita, inaugurando de esta manera el sentir que da trascendencia a Bloom y lo erige como obra maestra contemporánea.

Wild”, recurrente opener de los sets en vivo de la banda, es quien sedimenta lo erigido por “Myth”. Sigue una estructura similar (verso-verso-puente y romper todo) pero maneja la reinvención de la segunda mitad con mayor prudencia, para explotar en desenfreno en el tramo final. No siempre hay urgencia en el sentir, lo importante es construir la previa al momento de soltura, para que soltar se sienta como dejarse caer en un precipicio de emoción. “Wild in our ways”, sintiendo por sobre todas las cosas. “Lazuli” es el tiro de gracia de la primer triada, erigiéndose con delicadeza y abogando por el encuentro de las emociones más puras.

Other People” inaugura un mundo en sí misma, empieza como un nuevo opener, despacio, con paciencia, develando su riqueza en un cuentagotas. Empezamos otra vez, pero con el antecedente de haber sentido el torbellino de emociones de las primeras tres canciones. Re-nacer, aquí de nuevo. Su asimilación sucede de modo más directo, quizás precisamente por el contexto en el que se desenvuelve, siendo un destello de claridad y optimismo entre un todo más poderoso, y habitualmente más oscuro. Combina perfectamente con “The Hours”, y su juguetona narrativa donde el amor se cruza con la irreverencia del tiempo, para sacar a relucir, a mitad de camino, el equilibrio constitutivo que hace a la hermosura de Bloom, el disco donde luz y oscuridad no se contraponen, se refuerzan, así como la vida misma.

Se puede llegar al mismo ejercicio reflexivo mirando de lleno al arte de tapa, donde la profundidad se logra en el diálogo entre la forma negra y las figuras blancas, ambas codependientes, ambas significativas por su función en relación al todo. Bloom, compositivamente, invita no sólo a encontrar los rincones oscuros (en un entramado de escalas menores) sino a hacerlos habitables, significativos, celebrándolos en su manera, sin echar luz donde no corresponde. Aprender a apreciar la oscuridad es aceptarla como transformativa en sí misma. Es esta combinación la que le da fuerza a “Troublemaker” el showstopper de la segunda mitad del disco que empieza de manera abrumadora, tímida y sombría, deviene en desahogo (“someone like you”) y luego estalla, primero con las punzantes guitarras de Scally y luego con la conmovedora prosa de Legrand. Complementa su intensa demanda con la dulzura de “New Year”, otro necesario halo de luz que invita a la ruptura del prisma en colores.

Wishes” inaugura el ingreso a la última trinidad de Bloom, en este caso, la encargada del descenso final. Progresa de ternura a cautividad de manera orgánica, armoniosa pero insurrecta tal como el resto de sus acompañantes. “Wishes” no prescribe emociones, las abre a exploración, deja vacíos de experiencia a merced del oyente. «How is it supposed to feel?» Y el resto es para que lo averigües. La magia de crecer a la par de una banda es tener esa libertad de usar sus canciones como soundtrack de vida, adaptándolas a nuestras experiencias de manera idiosincrática, en diferentes momentos, situaciones y estados emocionales: redescubrirlas, inventarles letras más significativas (de manera consciente o inconsciente), amarlas, odiarlas, llorarlas. Con su maravillosa paleta de emociones, Bloom es un extraordinario compañero de viaje con quien “crecer a la par”, conocerse y reconocerse ad infinitum.

On the Sea” y “Irene” no esconden su melancolía, calan profundo en sus líricas y el minimalismo que las acompaña. Nos estuvieron preparando para este momento y es hora de dejar ir. La dulzura se engrandece, para lograr el balance necesario, y la despedida es agridulce pero bienvenida. La luz sigue brillando aún en oscuridad. El sueño es morir y reencarnar en canción de Beach House para lograr ese efecto en los demás. – Agustina Checa